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Se sentía en una simbiosis con su sillón y el cosmos. Se presumía el hombre más inútil de la ciudad. Cuando hubo una huelga de los camiones de la basura, los perros callejeros, los gatos, las ratas las cucarachas, el hedor del paisaje… pululaba… daba largos paseos con un amigo escritor teatral, le decía, nunca antes esta ciudad padeció tal esplendor, nunca ha estado tan bella, tan auténtica en su flor de viseras. No movía un dedo. Se paseaba por los cementerios a ver la comedia humana, su trágico destino. Esa miniatura hecha en los linderos de la vida de esa ciudad. Esas tumbas como dientes salidos implorantes al cielo. Bocas abiertas al cielo. Fumaba pesimista, fracasado, y derrotero. Un entusiasta del olvido. Sumido como un gusano desgraciado. Hombre de amargos escritos en sus libros, dulce en su presencia viva. Inexplicable y desconcertante. En una conferencia por tierras extrañas, al filósofo que lo recibió en las pláticas, al despedirse, lo tomó de la mano, le dijo, dígales que mi filosofía cura, lo dijo apretando un instante esa mano de la que se despegaba.
Es muy difícil que las personas acepten que el móvil es el odio. Yo, soy la reencarnación de todos los suicidas que desearon quitarse la vida y se la arrancaron. Yo, soy el suicida que pudo que quiso que deseo que debió vivir. Las narices de los cerdos en el rosal. ¿Quieren algo más explícito? Mi vida estuvo llena de flores, nadie jamás habrá visto ni verá tantas flores. Viví al lado de un mago, fui su aprendiz, eterno aprendiz, nunca pasé de ahí. Nunca fui yo, nunca fui un yo, lo que se dice YO, soy esta esencia de flores marchitas, perfúmenes apenas perceptibles. De niño saboreé una saliva y eso fue todo, luego todo se desmadejó rodando ladera abajo y se fue perdiendo sin fin en una caída sin fin sin fondo. Testigo ocular de una tristeza infinita de una soledad sin par. Ayer noche, soñé renacer en un hombre de fealdad sin igual, con un falo enorme, viril y vigoroso, envidiable, amable, al que todas las mujeres se arrojaban hincadas a rogar, a suplicar su bendición. Nada más ajeno a mi realidad. Recordé el otro día esas tomas cinematográficas de documentales sobre la segunda guerra mundial, en mi recuerdo está la cadena de montaje de las balas los cohetes las bombas, una fábrica enorme repleta de mujeres obreras, ceñudas, trabajando concentradas 24x24 para enviar municiones a sus hombres al frente. Inolvidable ver que hacían turnos interminables para confeccionar el parque de la muerte.
(A veces, me quedo alucinado contemplado el suelo, creyendo que sólo soy un gato o un perro o una mofeta, que alguien se compadece y alimenta. Y que existen magos y hechiceros y todos los seres de cuentos fantásticos que son los que adoptan esos animalitos indefensos, que se desviven en tonterías y travesuras como yo. Que ellos vivirán cientos, miles de años en la tranquilidad o la guerra con los otros seres de ensueño. Y nosotros los mortales, moriremos inocentes, al cabo de un tiempecito, ignorantes de la real energía plañida sobre el bosque, de sus juegos y engaños de sus ilusiones ópticas y auditivas, de cómo mueven el deseo de los animalitos, sus pasiones.)
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