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Tal se murió triste. Tal otro, viendo hacia todos lados repleto de dudas, absorto en el olvido. Este otro, delirante y en un pánico sin nombres, arrepentido. Yo deseo morir en el inconsciente, lugar de lugares, paraíso perdido. Lo vislumbré. Inconsciente y fugaz. Una barca a la deriva y un salto. Yo, dos letras sin sonido.
La gota negra. Revisaba el lavabo y en las junturas de la llave, salía una agua aceitosa de líquido negro. Me lavaba las manos y un aceite coloidal negro se desprendía de entre mis palmas. El piso tenía esas huellas de suciedad o sustancia negra, líquida y removible. Quitaba una tasa de café y por debajo una argolla negra del mismo espesor. Fui al espejo, me tallé los ojos, y mis cuencas comenzaron a tornarse negras, párpados y ojeras, más y más negras como de un maquillaje corrido, no dejaba de llorar, mi rostro se embadurnó de negro. Ya sólo mis dientes y ojos eran blancos. Estaba inmerso, tragado en lo negro, para siempre olvidado, sin retorno. Alguien chasqueo los dedos, como si diese a entender que eso es la vida. Un instante repleto de… nada. Amaneció, el sol seguía ahí, me alegraba de estar ahí, chiflando inconsciente y desnudo, frente al espejo vencido.
Pertenezco al olvido. (Fundiéndose en la nada, un sonido de pájaros, el calor del alba, un paro cardiorespiratorio).
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