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Hay algo interesante con respecto a que no existe el hombre o la mujer. Esas figuras ilusorias que se desvanecen en el movimiento de sus actos. En una relación homosexual se cree que se juegan estos papeles fijos, o los mitos del activo y el pasivo, que en realidad son narrativas de momentos, personales o de toda una época, ficciones que se hacen reales, se encarnan. Personajes evanescentes que se creen absolutos e indivisibles, error, esas figuras errantes se delatan al mismo tiempo que se pierden. Asuntos fijos o transitorios, nadie puede hablar en el pellejo ajeno, les estimularía el deseo de capturar lo que se escapa. Se cree que existe el hombre o la mujer, estas nociones generales, en parte, porque en lo sexual digamos, las parejas heterosexuales son más reprimidas, puritanas, no relatan sus vidas íntimas, las ocultan como hechos inalienables, como hechos que suceden por doquier en una multiplicidad replicada. Las estereotipan, y sufren la singularidad ontogénica como un bloque de conceptos inoperantes, fantasías, recreaciones de película, bajo signos dados. Nadie se atreve a decir: no entendí nada. En sus vidas íntimas surgen dilemas, trastornos, problemas, sufren, nadie es lo normal de lo que se dice normal, sufren en el silencio de algún refugio menos absorto e irreconocible, se torturan en el anonimato de alguna explicación somera. El mito del reconocimiento de los caracteres puestos en la sexualidad, una letra dando giros, cayendo sin fin, en el sujeto que se desploma y fuera de él, la letra que se desbarata. Nunca he estado con una mujer ni siquiera parecida una a la otra, no hay punto de comparación que no sea subjetiva. De todas formas, cada rasgo queda marcado sobre la arena movediza del recuerdo, borrándose en cada visita del recuerdo. No hay punto de anclaje, falta lenguaje para describir cada enigma de la piel, cada rasgo sin evidencia clara. Se dicen, él es el hombre, yo la mujer, ella es la mujer yo el hombre, como correspondencia a una genitalidad. Y en esa unión se traslapan sacudiéndose quién es quien, en la indiferencia del abrazo fundido. Se pierde, se va más allá del espejo. Y toda adjetivación es nula. Yo en parte fui descubriendo algo extraño en mí, desde hace mil años, mil doscientos años quizá, nunca lo conté, intuía que no era un hombre como el prototipo del hombre, la calca que yace en cada silueta recortada del hombre sobre sus bóvedas craneanas proyectada, porque eso es una caricatura social, que existe desde en una enciclopedia hasta una publicidad, desde lo comprobado de facto en la carne hasta lo banal de la idea. Nunca me extrañó esa realidad de ser una especie de sensibilidad femenina en un cuerpo de lo que se dice hombre, con razonamientos e intuiciones de los que se diría de mujer, caprichos arranques e histerias de las que se diría, esto es una mujer, padece de sus pasiones, es pasivo, es mujer. Desde las nociones construidas por el malestar de la cultura. Me atraen las mujeres y de repente concebí que podría ser una especie de lesbiana con un clítoris de 10 centímetros, recostada sobre el diván de la nada. La sensibilidad masculina por lo regular me da lepra, su fuerza expuesta en la brutalidad, el deseo de predominar. A excepción de los homosexuales, que en realidad se atreven a excavar en el ser porque no están pegados al mito fundacional de la identidad. Se avecinan un tanto más hacia el extravío. En realidad, algo demasiado extraño que nunca relaté, ni siquiera a las parejas con las que estuve, en las relaciones de pareja nunca hablé de que éramos una pareja de lesbianas, omití esa complicación existencial, de palabras y sentidos, para no hacer un conflicto de identidad con quien finalmente me reunía en un mezcla loca. Lo guardé en mi imaginación, las personas se espantan de solo pensar, se escandalizan por nada o por todo, o lo convierten en un arma de humillación y poder, de control. Eso es lo normal, el deseo de dominar. De cierta forma, son conservadores con lo diferente y con lo que no entienden, en ese aspecto, pude no revelar nada a nadie, aman la estabilidad del día a día, se convulsionan con lo que se sale de sus experiencias o conocimientos diminutos, como diminuto es el ser humano. Diminuto y sin importancia. Nunca he creído que haya alguien normal, esa es una apariencia social para rebajar los miedos frente a los otros, el analgésico para la razón, porque además, lo repito, no alcanza el lenguaje para expresar lo que somos por completo, les dolería en exceso, ni el tiempo en civilizaciones tan atropelladas y vueltas vacío en lo efímero del ser. Por ejemplo, desde muy temprano, supe que jamás iría al encuentro de una mujer, sabía que eran ellas las que tendrían que venir por mí, y así ha sido, mi timidez así lo ha hecho, así las he hecho venir o no. Realmente sufría entre los hombres hombres hombres, realmente me caían mal, realmente me dan asco lo amigos que tuve, y no lo entendía, su patanería, sus gracias sexuales, toda su posibilidad puesta al frente todo el tiempo en un mondongo, sus papeles de representación incluso me repugnan. Me he vuelto un eremita. El futuro será una androginia maravillosa, falta demasiado, y no será en esta precipitación por nombrarlo todo, ubicarlo todo, saberlo todo, estar seguros todo el tiempo en lo titubeante del ser. No saben nada.
Quieran al hombre como quieren a su perro. No quieran a su hombre como un hombre. Se los digo yo, porque sé que el hombre no existe. Yo, que dirían, él es un hombre, se los digo. Sé que el hombre no existe, solo es otro producto de su imaginación o de la imaginación de otro que se dice ser tal o cual, por definición hombre. Quieran al maldito perro infeliz. Trátenlo como a un perro, chíflenle como le chiflan a un perro ni más ni menos. Yo quisiera ser tratado como tratan a sus perros. Viandas y holgazanería, caricias. Juegos.
Hoy hablaba sobre sinestesia con alguien. Sobre oler con el simple ver, o tocar con el simple oír. Y el signo tiene que ver con eso, que remite a una remembranza, cuya ideal conexión no existe, una deformación particular de cada momento del ser. Imágenes en fuga. Si tú haces un signo de puño y letra, ese signo tiene un significante, no un significado, una alondra, una amapola u orquídea, no es todas las alondras ni todas las amapolas ni todas las orquídeas. Es esa. Un particular correspondiente a ti, no un universal genérico... olvidable. Una combinación singular. Recordamos, hacemos una remembranza de lo que nos remite a nosotros en singular, a nuestra relación, a nuestra historia, asociado y a la mano nos remite, a ese truco prestidigitador de nuestra visión mágica… Escribir en un tablero cuya forma no tiene características personales, cuyas tipografías no dicen quienes somos, se pierden en el abismo inmarcesible de la turgencia sin relación, sin sujeción, ocultan el que son otra versión, su versión. Es el lado borroso de la ciencia que cree en que no hay sujeto de juego con su objeto. Parece no haber sujeto de conocimiento, que se asoma y se asombra, que apuesta en ciertas direcciones o sueña en el inconsciente para transitar hacia uno u otro descubrimiento, que abre puertas. Como si no hubiese deseo en esas diminutas intuiciones, los científicos que corren el riesgo de una pasión por ampliar el límite confían en eso, en el tacto hacia el rasgo, el significante que les habla, los desenmaraña, los descubre a su vez. No el mentado significado, que por lo regular, estorba como un bloque lógico, un témpano. Sin imaginario.
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