La roca del tiempo

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Colección de apuntes sobre arte IV

LA DISPERSIÓN, LA MUERTE, LA ETERNIDAD, LOS OJOS, LAS ESTRELLAS. EL DESEO.

Breves argucias para vivir muriendo.


Los ojos dispersos por la muerte en la eternidad de las estrellas y el deseo.
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Existe una oclusión en la carrera de occidente, la negación de sus pasiones. El griego antiguo veía con denuesto que se cediera a sus pasiones, que no afrontara sus pasiones con la prudencia de la razón, se volvía una veleta de sus pasiones, dejaba de ser amo de sí, para convertirse en el esclavo de sus pasiones. Aquí la palabra pasión proviene o tiene la connotación de pasivo, como en la sexualidad, aquel que se arrastra frente al activo, que cede y se ocupa del placer del activo, que le sirve de vehículo para su placer. En la edad media pasivo o pasional, se transfirió hacia el ser poseído por un espíritu maligno, que hacía desencadenar en el “enfermo” de sus pasiones comportamientos inadecuados para un entorno sustentado en la espiritualidad de un orden religioso, con normas establecidas de carácter estricto sobre el bien y el mal, con una ética y moral impuestas sobre los usos y costumbres de la comunidad. El poseído por instintos malsanos, por pasiones, debía de ser exorcizado, tenía que ser salvado, absuelto del pecado, librado de la culpa y del desorden ejercido por la posesión de su espíritu a manos de un espíritu maligno, “requería ser curado” de aquello que controlaba su voluntad por sobre la de dios. Así, después aparece ante nuestros ojos modernos la figura del loco, de la enfermedad de la locura, de aquel que sujeto a sus pasiones actúa inconforme a la ley de los otros, la ley de las causas y sus efectos, la ley de la razón , la ley de la ciencia y sus verdades fácticas, la ley que cohersiona los actos cotidianos y la ley ejercida por la política. La ley de la medicina con sus soluciones funcionales, para operar de forma eficiente sobre la angustia del paciente cuya finalidad prescribe una sociedad de autores autómatas, lógicos, veraces, completos. El tratamiento para el que padece, éste que no se puede controlar, no es dueño de sí, ni tiene razón. Aquí otra vez pasamos de la actividad de quien ejerce un control y un saber por sobre el que es pasivo, paciente, que debe de ser ordenado al sistema del saber de los otros. Poseer, ahora de lo que se trata es de ser poseído por algo exterior, dejarme poseer por los objetos de la cultura de consumo y obtención de satisfacciones, experiencias materiales o inmateriales. El deseo se esfuma apenas toco lo deseado. Lo deseado se convierte en un amo infatigable, insobornable. El objeto me posee. Que mal visto está ceder a mi deseo u obedecer a mi deseo, ser cómplice de mi deseo. La prohibición seguirá funcionando, siendo útil, en esa dialéctica, entre los que supuestamente saben de los que no saben, en un constante inconstante ejercicio del poder. En la feria de fenómenos bestiales del sadomasoquismo, con sus buenas y gentiles formas de actuar, “sin inconsciente de por medio”.

Una vida sin pasión es un cenicero, cuerpos exangües, casas abandonadas, una lista de deberes, pianos desafinados, placeres por siempre postergados. Gente que se dice estar deprimida, creo que es más sencillo y más severo su castigo impuesto y acatado, creo que no tienen alma. Sin alma para qué querrían un cuerpo.

G.B. hace una diferenciación entre el juego débil y el juego fuerte. Sociedades del trabajo, de la utilidad, cuyos esfuerzos están puestos casi por entero en el esfuerzo del progreso, el avance técnico, tienen un juego débil, de espectadores, sociedades del cansancio que restituyen sus fuerzas en el entretenimiento para someterse a la tarea continua y hostil del trabajo, repetitivo y disciplinado. La reinvención del orden, la creación que se desenvuelve en una lúbrica dinámica, la vida diversificada en la poesía, correspondería al juego fuerte. Jugar con las palabras. Sociedades tanto de la contemplación activa como del sueño móvil y simbólico, sociedades insaciables en la creación. Contrarias a las sociedades saciadas en el consumo y restablecidas en la pasividad de su expectación, de ideas preestablecidas, estructuras somníferas y aletargadas, sociedades de la calma en el empacho.

La negación de lo dionisíaco por la supremacía de lo apolíneo, sociedades que calman su angustia, sus ansiedades, con la producción y el consumo, con un orden preestablecido, con la farmacia metafísica del anestésico, el analgésico, el digestivo. Sin fiestas, sociedades de la gripa constante. Sin ritos, sociedades de la hipnosis por la vía de las pantallas, seguidoras en trance de fulgores. Sociedades prohibitivas ante el uso de los placeres en la amplia gama, condenatorias y denostativas, reduccionistas a la simple y llana frivolidad de pastar en lo superficial de las apariencias y el supuesto compromiso. Sociedades de lo útil y lo práctico, adoradoras de la velocidad y la macro producción de basura. Sociedades sin poesía. Para el sistema de valoración burgués todo debe de ser productivo, ser de su provecho, la naturaleza rendirle fruto a toda costa y por sobre cualquier costo, incluso el de la vida terrestre. La salud de sus enfermedades, no las curan, las mantienen. Cuando sus críticas son la encarnación fútil de una vida repleta de objetivos, metas pospuestas, señuelos inacabables, truncos deseos, mejores vidas en otra parte, promesas sin goce, en efecto frívolas sociedades de la super autopista de la información con la rampa hacia lo mismo de todos los días, porque son incompletas como la de cualquier hijo de vecino, angustiado y enfermo de nada. Quejosas.

Escribir es repetir lo ya dicho. Nadie dice por primera vez una palabra.

Los niños buscan encontrar el truco con el que los engañas. Los adultos viven resignados a saber que son engañados y que tienen que sostener el engaño entre todos. Agarrados de las manos, forzados a una empática simulación. Aquí a nadie se le permitirá suicidarse, ni real, ni categórica, ni simbólicamente. Amarrados todos juntos hasta el fin. Yeeepa… yepa yepa… yeeepaaaaaa…

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