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Un cúmulo disperso de millones de años para aquí, este instante en que lee esto, en otra geografía y en otro momento del que lo escribo. No sé nada de cifras, no podría decir o calcular esa inmensidad. Una cifra se me pierde en el desconocimiento. En algún momento eso se acotó hasta ahora. Hasta esta letra que escribo, que usted lee. En la dispersión disgregada el hombre y la mujer provenientes de dos células en comunión volvieron a unirse para realizar otro, el otro distinto, diferenciado, igual y otro, diferente. Otro que a su vez se busca en complemento por ahí, de una disparidad singular. Y ese ser es infinitamente otro de los otros, o acotado hasta cierto punto, símil no idéntico. Podría elegir a otro “mismo”, de su género. Pero de todas formas no es otro “mismo”. Y ella o él “mismo”, es muchos otros dentro de sí, un puño de arena esparcido en la playa. E igualmente en su desarrollo interseccionado y dividido en muchos momentos de sí, una brisa en el rostro sobre la playa. Y ese ser no es sólo una forma definitiva en apariencia. Si yo explorase en los sexos, diría que dentro de un hombre no puede crecer otro ser. El hombre porta la semilla que se internará en otro sustrato, o madre tierra, o célula, o la verdad no sé que misterio insondable del universo.
La mujer se levantó ese día claro. Al sol. Miró germinar una semilla en el suelo. Miró germinar una semilla en el sueño. Observó claramente. Y dentro de ella otro crecía. Descubrió la agricultura, instauró el trabajo, inventó la vida sedentaria.
El hombre hacía una red o un arco, no recuerdo, inventaba y avanzaba entre la maleza, en la furia de una persecución. Leía la huella de un animal que se arrastraba herido, un rastro de sangre. Amenazado y amenazante por los ruidos de la selva. Atento, suspicaz. Creó el sustento, sus inteconecciones dependientes, su repartición y rangos, e inventó la guerra.
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