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Uso y profanación. La culpa de profanar lo sagrado. De usar lo que no es mío. De asaltar tumbas. Tiene que ver con lo que no podemos ultrajar, con lo ultraterreno, y nuestro horror a los restos, a las ruinas, al vestigio. La insoportable muerte. Enterramos a nuestros muertos, no soportamos ver sus gestos descomponiéndose atónitos al cielo. Eso fue y no más lo que amamos. Todos esos hologramas de unas existencias sólidas que se desvanecieron dejando unos rastros apenas legibles. Unas metahistorias truncas por la memoria que inventa una ficción del recuerdo. Los historiadores, los arqueólogos inventan más de la mitad de las versiones de esos que caminaron entre los pasillos de su locura, de sus historias personales. lo que no sabemos, los detalles. Más de la mitad, porque describen las similitudes de un código general, hablan de ello para sorpresa nuestra, convencidos de la huellas, cuando nunca ha habido sujeto en el espejo. ¿Quién sabría la pasión o infinitesimal trama personal en el que se debate una vida X Y Z, si no esa vida? ¿Quién es capaz de decir he invocado un cráneo para que me lo contara todo, y no es la viva imagen de un demenciado, en el delirio de imaginaciones y mitos que le surcan los sesos? ¿De esos que dicen hablar con los muertos, conocer sus secretos, suspirar por sus experiencias desintegradas en el polvo estelar de la bóveda celeste? Ahhhh, migrar a ser nada. Indescriptible noche. Qué angustia fatal estar respirando lo eterno. Al libro al libro. El libro de los libros.
Occidente relacionó la serpiente a la mujer, la única que hay, la inexistente. Con el pecado, con lo prohibido, con la sutilezas y lo sigiloso. Con la trampa y la mentira. Que solo debería estar callada y que como no se le puede impedir todo ello, se tiene que mover así, actuar así, en la marginalidad del pecado original, en el subterfugio, el secreto, el silencio, la prudencia. Provocando la catástrofe sobre los hombres, sacándolo de sus estirpes, de sus venales herencias, del torrente al que sus madres se aferran como un hueso raído. a sus senos. La mujer tentación u objeto inmaculado. o manchada perpetrada que pierde su pureza o virgen santísima. Puta o divina. los extremos de la venta de la carne, del comercio del amor, de la perpetuación de la sangre, la estirpe, la herencia. se sabe y se tiene por seguro de la madre, los hijos provienen del vientre de la madre, de sus opúsculo. del padre no se sabe, esa simiente entra en duda, en celo. Por eso se cela a las mujeres, por ser un botín para expandir un imperio familiar. Cásate con un rico, da igual si te enamoras de un rico que de un pobre, mejor que sea rico. Y los pobres se jactan de humildad en la romántica ilusión de amarse en el amor, no importa que vivamos muriendo de hambre, de amor. ¿Cuál amor? En un parpadeo, en un chasquido de dedos, el amor se crispa y fenece.
La mujer serpiente en Mesoamérica era la protección, cautela, temida respetada y venerada. Tenochtitlán se funda después de los largos 200 años de peregrinación por los desiertos del norte, al encontrar el verdor, en el valle de las serpientes. No sólo deidad, madre, fertilidad y fecundidad, las serpientes que poblaban el valle resguardaban las cosechas, el internamiento en la milpa, de las plagas de roedores y lepóridos. Un control natural ante el desbordamiento reproductivo de especies que pueden abusar en la abundancia. Las serpientes eran las guardianas y equilibristas. El choque traumático que trastorna dos culturas, entre la incomprensión y la inercia del choque, vuelca a dos pueblos a transformarse, un templo sobre el otro compenetrados. El méjico prehispánico es matriarcal, fue, y se conserva el insulto, una reverenda partida de madre.
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