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Esa ridícula pretensión exaltada "de lo propio". Un hombrecillo que "no se dejaba" interceder por la exterioridad mundana. Les aviso o les recuerdo, depende el caso, que se murió. ¿o lo matamos y lo estamos enterrando en el lugar en que sus súbditos no puedan recibir sus restos? Adoradores de fiambres. El arte es a partir de los otros y para los otros.
Desde niño tengo la obsesión, de que lo que deseo, cuando siento un fuerte deseo, persisto y me abandono a perseguir ese deseo. Perseguir, no es la palabra. No importa el tiempo que me requiera merodear lo que deseo, puedo la lentitud, esperar siglos. Soy lento. He sido lento toda mi vida. Impaciento a los otros con mi lentitud, me escondo para hacer mis cosas a mi manera lenta, sin prisa, sin que nadie me vea lo lento que soy, odio a la gente apresurada, no ve nada, no siente nada, dice vivir. Corre, escapa de lo que no se puede escapar, de su muerte inminente, remota, impredecible.
De niño mi padre daba clases en una escuela de niños ricos, y nos daban, a mi hermano y a mí una media beca, mi padre además rentaba una casa más grande que la que pudiera conseguir nunca por un amigo alumno, que su padre nos hacía el favor de rentar a más bajo costo. Teníamos una vida prestada, mi padre, era un cuate que se hacía cuate, y en el cuatachismo suyo crecíamos mi hermano y yo, entre niños que relataban cuantos carros lujosos poseían sus padres, los imberbes restregando el linaje de su estirpe por todos lados. Nuestra vida estaba repartida en varias clases sociales, pobres muy muy pobres rayando en miserables, clase mediocres y cuasi pudientes, rancios ricos marros y ricos podridos en lo desproporcionado e igual de tacaños y miserables. Desde muy chico aprendí a convivir en todas las clases sociales, porque mis padres eran unos saltimbanquis de aquellos, aprendí mucho de ello y me volvió loco, completamente loco en todas las experiencias que mi vida ha tenido. No sé si un día pueda relatar la extravagancia irrelevante de mi vida. Yo iba en un VW rojo, antes, los primeros años de escuela, hacíamos un traslado de 2 horas hasta la escuela. Recuerdo, ser despertado en la madrugada, de noche, peinado con goma, seimpre el mismo peinado de raya de lado, subido al carro y entre sueños tener el temor de perderme por azares del destino durante el trayecto. En el laberinto de las calles. Era una angustia de pesadilla todos los días. El recorrido lo memorizaba por si cualquier incidente, que me mi imaginación se tentaba a imaginar, llegara a suceder, mi imaginación propiciaba toda suerte de fatalidades. Nunca pasó nada fuera de lo común. Y yo vivía aterrado llegando más temprano que todos los otros niños, porque mi padre daba clases a los más grandes de la escuela, llegaba y la escuela estaba vacía, sin los niños de mi escala. Otro niño, seguramente, me enseñó que alguien le enseñó a dibujar en la parte trasera de sus cuadernos, de reversa a la disciplina escolar, en una libertad clandestina. Al frente iban las planas de letras interminables, torturas a dictado o ejercicios repetitivos. Cuando había que escuchar sin pasar al cuaderno lo dictado, en esos ratos sin tiempo, yo pasaba a la parte trasera de mis cuadernos, dibujaba laberintos y vehículos de todo tipo repletos de compartimentos, vehículos que no existían en ningún otro lado. Esos diseños nunca han existido en el mundo material. Nunca nadie veía esos dibujos, nunca se tocaron con las planas obligatorias ni nadie me reprendió por hacer eso. Toda la primaria lo hice, después fui variando los motivos. No tenía otra cosa que hacer, que escuchar y dibujar, aplacar la espera de otra vez salir a hacer esos recorridos, conozco la ciudad más recóndita como lo haría un caballo, sin nombres, de pura vista, sin mapas, sin tener que volver sobre lo andado. Después prescindí del dibujo, rayo todo sin que nadie se dé ni cuenta.
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