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¿Hasta que punto te puede transfigurar un libro? No lo sé, yo nunca he vuelto a ser el mismo. En los actos, en las costumbres, rutinas cotidianas o en la imagen, quizá en mi carne, no se note el cambio. Apenas una modesta marca invisible, un brillo en los ojos. Nunca me he podido detener, significar y afianzar, en eso que otros llamarían personalidad, identidad o ser, el hotentote.
Se podría leer a B. en bloque de una sola pieza. Mas eso no tiene sentido. Inmediatamente se percibe que B. escribe tres libros a la vez y que esos tres se desperdigan en distintos planos, esfumándose y dividiéndose sin fin, como ramas en la niebla, el bosque desde dentro sin rebasar para nada hacia fuera del bosque.
Vivía de los libros de los cuales no poseía ninguno, en una austeridad casi absoluta con respecto a la materialidad del mundo. Una bicicleta vieja recargada sobre un muro junto a la ventana en la que salía a la noche de frescor y viento. Una cama y una mesa. Creo que ni a silla llegaba. Deploraba las relaciones sexuales.
No puedo tomar a una mujer u hombre de tajo, esculpirlo. Sueño con una mujer en la que me pudiese morar. Nunca llegar. La mujer o el hombre no existe. No hay prototipo, modelo, o inagotable aspiración. Figura definible que se desvanece en la época perecedera. Artilugio extinto de antemano. Piruetas e histerias de la Historia. ¿Quién dice qué sobre qué para qué? La gente desconfía de la gente silenciosa. Yo, hay días que soy todo lo contrario, desconfío de los que hablan demasiado, casi todos los días.
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