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¿quién más tiene una escopeta imaginaria? con la que corta cartucho cada vez que, bueno, cada vez que es necesario y se dice, esto es necesario, porque esta sociedad con sus reglas sus gestos sus muecas, chasquidos, sus miradas. ese señor me miró con desprecio, esa señora me mira con asco, el niño aquel primero con temor y luego con un odio inculcado justificado, de ley. porque habría que decirlo, a los mayores ya no les alcanza para un odio constante y a flor de piel, sólo tienen desinhibiciones para su asco y su desprecio. entonces uno lleva media hora aquí en la librería y llega el dependiente a ver si se me ofrece algo, porque no puedo estar hojeando así nada más en la sección de poesía porque han de pensar que vengo a usar sus libros como se usa un sillón y que eso es la poesía y que yo utilizo esto como un sillón, y que no es justo, que no me puedo sentar en sus sillones. porque hay quien paga por este sillón. entonces, yo saco lentamente mi escopeta imaginaria, corto cartucho, y con mis ojos de bala lo miro con un gesto que le puede indicar que nada me falta. aunque tú y yo sabemos otra cosa. yo ahí escarbando en esos libros que se irán a otras casas, otros sillones, con mis huellas dactilares en las que es posible que ocurran crímenes de verdad, pero mis huellas y mi procedencia y mi identidad jamás será buscada porque ahí en lo que un indigente policíaco podría buscar, dentro de un libro, jamás me buscará. en una huella olvidada, escondida, perdida, en el interior de unas hojas caídas.
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