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Las hermanas Vibanco se levantaban muy temprano en la mañana. No perdían el tiempo para ir a los cafés. Una de pelo largo y otra de pelo corto. Idénticas por la salvedad de un guiño, no se podía saber cuál de las dos era más hermosa que la otra. Gemelas, cada una a su estilo, era la réplica de la otra, idénticas y distintas por una pluma en el sombrero, copia de rostro, esencia compartida, la misma sonrisa de malicia trazada a cincel. Como lo he dicho las hermanas Vibanco se levantaban muy temprano en la mañana, caminaban cruzando el parque contoneando esa figura sólida de carne y primavera, no perdían el tiempo para ir a los cafés. Miraban para ver tan sólo quien las miraba. Ojeaban el parque como los hombres hojean o fingen hojear el periódico en pleno otoño de hojas amarillas o marrón. Las hermanas Vibanco, astutas las dos de nacimiento sin caer en los clichés consabidos, sigilosas las dos de nacimiento sin caer en los estereotipos consabidos, la tentación encarnada a las pupilas. Las dos, poseían una herencia, que por acuerdo mutuo, habían decidido, no tocar. Las copas de cristal cortado, la vajilla fina, los tapetes rojos, el terciopelo de las cortinas violeta, las pestañas dulces, la sombra en los ojos, todo estaba intocado. Un día, simple, tuvieron una charla acerca del monto que su padre les había dejado con tanto esfuerzo. Una pared de ladrillos en efectivo. Dijeron, jamás tocaremos ese dinero, el monto debe permanecer tal cual se quedó, es el esfuerzo del viejo. Él levantó ese muro.
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