La roca del tiempo

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Colección de apuntes sobre arte IV

LA DISPERSIÓN, LA MUERTE, LA ETERNIDAD, LOS OJOS, LAS ESTRELLAS. EL DESEO.

Breves argucias para vivir muriendo.


Los ojos dispersos por la muerte en la eternidad de las estrellas y el deseo.
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su verdadero nombre era PABLO diego josé francisco de paula juan nepomuceno maría de los remedios cipriano de la santísima trinidad mártyr patricio clito ruíz y PICASSO.

Algo que se le debe de pasar al ser humano es considerarse una maravilla, es una caca. Sus obras de arte son una caca apestosa. Sus entretenimientos ligeros sus trabajos esforzados una caca.

Todo se ve mejor en la pantalla, todo se escucha mejor en la pantalla, la tragedia es más intensa, la comedia más graciosa, no sé por qué insistir en la realidad, si la pantalla es lúcida, translúcida, clara, de una transparencia en la que el sujeto nada con la nada de una forma directa y congruente con el lector.

creyeron que hacían arte para los museos, para un reconocimiento social, para alcanzar un estatus entre los seres humanos, hacían arte para sustentar los discursos estatales, o para ser una inversión privada. toda esa objetivación que hacía valer al objeto de arte, que lo verificaba y los autentificaba se está derrumbando frente a unos ojos atónitos, de los que quedan vivos, y una cuencas de los muertos con sus bocas abiertas en sus ataúdicas posturas amortajadas. el objeto es inaccesible como totalidad, por eso aturde, hace torva esquiva la mirada de un animal de sentido.

Todos, todos pensamos en el suicidio alguna vez. Y se tiene que decir, un suicidio es también un homicidio. El que lo comete mata a los otros, y el que lo comete es asesinado por los otros. No es un sólo sentido o sólo existe un tipo de suicidio. Está el que se venga con todo el odio que lo concibió, está el rencor, o la tristeza por el abandono de los otros, está la indiferencia del entorno. Está el que se suicida porque no hay esperanza en los otros. Está el que se mata para deshacerse de una carga existencial, de una culpa de su medio social, de los estigmas o señalamientos que los pueden condenar. Está el que se mata en un reproche, en un reclamo de voz que se apaga, hacia todos y todo. Está el que se mata porque lo orilla la realidad, que lo empuja sin resquicio para sostenerse en dos pies. Están los que son asesinados a los que se les cercó la posibilidad y los que asesinan la posibilidad de seguir de los otros y no queda otra opción, otra ruta o espacio al que dirimirse. Está el acorralamiento, la no salida, la única salida por la que finalmente saldremos todos los que nacieron, que es morir, y que para algunos no representa sino un alivio al tormento de los otros. A todo eso yo digo: no. Los que se mueren son los otros.

El dibujo es una meditación. un profesor de dibujo viejo, una vez, en su primera clase, que fue en la única que habló, dijo: aquí y ahora, cuando dibujen no estén en el pasado en el futuro, no estén en otro lado estando en el dibujo. Se está yendo, en el instante, la desesperación puede impulsarnos, pero no es allá sino aquí donde estamos. Al final el dibujo ya no está en ninguna parte. La gente ¿ve el momento o ve el dibujo, qué ve?

Existe otro acontecimiento por el que trenzaré a estos dos narradores. (Claro que existen otros que en la modernidad rompen el cerco en secreto tan recelosamente cuidado del género, las estipulaciones formales y toda una serie de prohibiciones ridículas instauradas como régimen por una supuesta persecución conservadora de hacer perdurar una especie y sus atributos nimios y perecederos, una especie nunca resignada a su fecha de caducidad, por unos banalismos idealistas). Está el hecho de que ambos son ciegos, coleccioné un par de fotos en las que B. a pesar de ver parece ciego de luz, de una vida interior, de una oración silente que emana un canto silente, una oración en medio de la noche. Y están esas otras entrevistas al otro B, en las que alza la cabeza como solicitando que acuda la palabra a sus labios para él cantarla. Incluso en una ocasión delata este procedimiento al decir que se le escapan las palabras de la boca. Varias veces insistió que en la oscuridad café de la ceguera, esperaba a que viniera la palabra, a ese estado de vigilia en la que se espera que el relato obre. Que por cierto, una oscuridad, la de la ceguera, que no es negra, como la de la muerte. Si es de otro modo, ya se verá.

Por lo que hacemos, se puede saber todo lo que no podemos hacer.

Breve minucia, escrita a las envidias. El día en que, en un momento dado vean las envidias que de alguna forma he triunfado, pueden hacer la siguiente receta. Se toma un listón, se amarra al dedo índice con el que las envidias suelen señalar a los otros. Se le hace ese nudo a una altura al gusto. Se procede a levantar ese dedo índice y a introducirlo por el ano a profundidad igualmente preferente. Pero, pero, preferentemente no vaya más allá del listón, que es el límite previamente estipulado, usted sabe más que yo. A veces necesito vengarme con su vergüenza y sus rubores para no hacer algo peor. Ustedes sienten satisfacción por cosas peores que consideran nobles, sublimes.

85 plétora y penacho



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