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Entramos en la sala. Las luces se apagan. Lo que estamos a punto de observar no es inédito.
Es mil novecientos treinta y algo, finales de la década. La película sin color, de tintes costumbristas. Años antes la familia crece, están todos ahí reunidos en la fotografía familiar “felices”. Crecen los hijos con displicencia. El padre venido a la ciudad ha conseguido amasar una suma de dinero con el trabajo de sus dos manos, su agilidad para negociar. No les falta nada, hasta se podría decir que pertenecen a una clase social elevada que mira por encima del hombro. El padre tiene un par de gasolineras. La versión oficial, dice que le arrebatan las gasolineras en la expropiación petrolera. Hay otra versión que indica que la mafia de la época se apodera de las gasolineras, le dan una bicoca con la que se tiene que aguantar a fuerza. Se cambian a vivir a los márgenes de la ciudad, por donde pasa el tren. Ese tren que pasa cada 15 minutos, frena cualquier conversación durante tres minutos exactos, las pláticas se vuelven una pantomima absurda, de autómatas que siguen discutiendo sin oír apenas nada. Siguen abriendo la boca, gesticulan. La escena es extraña, si se mira a nivel del suelo, como un animal más de esa casa. Es una escena de locos, nadie se detiene en la sordera. Los hijos crecidos, en esa decadencia posterior. Habían conocido la opulencia de tres cadillacs estacionados, en una colonia céntrica. Conocieron la prepotencia de su padre que sacaba el bastón por la ventana del auto para gritarle a la muchedumbre, muévanse vacas, golpearlos con ese bastón todavía de campo. En la casa nueva o vieja según se vea, o según sea el año, porque para mí siempre se vió vieja, pone unos baños públicos. Enfrente hay una pulquería y la esquina es rondada por mariguanos, prostitutas, como insectos que pululan en la vida galante de noche, de barrio. Los baños, se estilaba, eran para aseo personal, no todos, en esa sociedad, gozaban de baños en el interior de sus viviendas. Él había conseguido, con lo que le quedó de las gasolineras ultrajadas, poner esos baños con todo el coraje de su impotencia. En los que se encerraría para el resto de su vida, a gruñir esa amargura, la de esa soledad de voces, limpieza, y obsesión. Atendía día y noche. Su mujer, bajita, chata, trabajadora, puso un expendio de pan. Se sobaban el lomo como nadie. Hasta aquí, esa es la versión oficial. La fachada. La casa funcionaba en orden victoriano, de moral elevada, todos miran por encima de los hombros, con desprecio, es o fue una familia de megalómanos, de engreídos buenos para nada. Crecieron entre que con un dinero que se desvaneció, y nadie se explica, la posterior decadencia de los hijos. De los hijos de sus hijos, y de los hijos de estos últimos. Porque toda tragedia alcanza hasta el último rincón del tiempo en que se pueda disolver hasta el olvido.
Cuando era niño, el niño que recorre los pasillos, levanta el polvo con el dedo. Se mete en los cuartos en los que cruje el piso de madera que tiene agujeros por todos lados. Mira los muebles desvencijados, vetustos, repletos de botellas de lociones o licores semi vacías. Olores mezclados, las ventanas sucias y el tren que pasa por ellas. Polvo por todas partes y esa pelusilla que cuando entra un rayo de luz, se percibe que flota. Espero no olvidar nada. Aunque todo esté olvidado de por sí. Los canarios, las jaulas repletas de canarios en los pasillos, al pasar crean un sonido que completa el espacio. M. dice que estudia leyes, se ausenta por semanas, regresa desaliñado, sucio, es enorme. Es un briago, parece que nunca acaba la carrera. Vive su vida cobrando las rentas de las propiedades de sus padres. No es como lo pintan sus hermanas por entero, un bueno para nada y un holgazán desvergonzado, también es cariñoso entre los niños de sus hermanas. Es macho, exige que le sirvan la comida que le alcancen esto u lo otro. Fuma uno tras otro y bebe a bocajarro. Es un desobligado barbaján, un sapo que vive en el pantano de esa casa que se quedó anegada entre plantas silvestres y pájaros, que se cae de vieja y abandonada. Las tías tienen sus hijos sus maridos, después volveremos a ellas. Las mujeres. Las versiones oficiales de cada familia se exteriorizan para decir que hay una cara que saldría en los “periódicos”, ese rostro público en el que nadie está loco, todos son muy normales, y nunca ha sucedido una tragedia de ninguna índole. La película hasta aquí es decente, blanco y negro, de costumbres normales. Algo sucedió que no podemos ver. Resulta, que no resulta, nada cuadra en ese aparente orden. Siento haberlos aburrido hasta aquí, con este expediente policiaco por encima, sin hechos y sin nada que explique las venas que recorren esa sangre. En esos tiempos el padre posee esa fortuna que hizo con sus dos manos, los niños gozan de ese esplendor primero. De pronto, se descubre, que tiene una amante. El chisme se corre como lumbre. Con el tiempo, se le justifica entre la familia, de que la amante, era alta blanca hermosa, una dama, son según se estila en la época, de un racismo velado. La esposa era pequeña, chata, y trabajadora. Él, cuando las gasolineras, le había puesto a la amante una ruta de camiones… La esposa, entra en la locura de saber, la locura de los celos. Va con dos de sus hijos entre las piernas, un embarazo de ocho meses a cuestas para reclamarle, a esa mujer. Le pide que lo deje. La amante se apiada, y lo deja. Él regresa a la casa endemoniado, está que echa chispas, humo, hierve la sangre. La versión que se cuenta, es que se meten a una habitación a discutir. Cuando salen corren hacia el hospital. Ella pierde al bebé. La versión oficial, es que ella se cayó de una silla a la que se subió. Él se ata a ese hecho, a esa versión. Ella lo captura, lo condena y se lo apropia. Él renuncia a su amor verdadero. Se hunde en los baños a limpiar ese crimen. Ese matrimonio, esa relación se pacta en un crimen. En el silencio que debe de rodear ese crimen. Ella lo sentencia. Ella, Medea que revuelve entre los cajones de sus celos, que busca pruebas, que busca con quién desquitar ese odio de la traición, que va y perpetra en la vida de la amante la insidia. Medea que sacrifica su hijo por el hombre. Él se hunde en la amargura. En la soledad de los baños, en la rabia de los baños. Le hizo la cárcel a su medida, de dolor y rabia. La tragedia. No hay un actor, no es un feminicidio, no hay víctima sólo de un lado, no está la tan mentada versión de que la víctima no hizo o no hace nada, los actores se hacen y deshacen los unos a los otros, van, se dicen, se golpean, se hacen golpear, se matan entre sí en el odio. Se odian y se hacen odiar, se temen y se hacen temer. No es un lado el que actúa sobre el otro, son los dos lados yendo hacia el abismo. La época lo denominaba crimen pasional. Si fuese de una moral rígida, diría, como se suele decir en las palículas de la época, en esas versiones: que se lo buscaron. Pero nadie se busca la tragedia.
G.- Amanecí con tu relato en la frente. Estaba dudando si escribir, prefiero escribir a no hacerlo. Así es ahora. Abrí los ojos y apareció el angelus de M. Y después el de D. Las claves, no sé ni cómo es que vienen a mí, no importa. Se me quedó la huella de la palabra con la que dijiste, una suerte de sentencia, sobre la unión de aquellos dos viejos a los que no conocí como tú los conociste, quizá ellos se conocieron a su vez compenetrados en lo que dices y otro posible lugar que tampoco podemos ver, y que quedará vedado. La palabra es, crimen. Me despierto muy temprano ahora, y me duermo muy temprano ahora, creo que es la suerte de hábitos de la clase trabajadora, dormir cansado, despertar angustiado. La clase burguesa se puede dar el lujo de dormir angustiado en el extremo del pensamiento y la locura, para despertar descansado. Ahora no escribo de noche, escribo de día, en la mañana con un café, después de haber soñado. Después del angelus sobrevino lo de la palabra crimen, que para mí no es tan grave. Los hombres cometen crímenes incomprensibles para la razón, crímenes que quizá rebasan hasta al que los cometió. Si la ley antes del siglo xv, del renacimiento, provendría de la ley divina, después viene una carrera de jurisdicciones que borroneados y sin escala precisa para cada lugar, la ley se trasciende de forma distina, y el crimen a su vez. La posibilidad de cometer un crimen, no es lo mismo en el siglo xv que en el xx. Se me vino D, C, S, R, etc... con la palabra crimen. Creo que en el naufragio de haber perdido lo sagrado, el hombre moderno encontró la manera de perseguirse a sí mismo y a los otros, como no lo había hecho en otros tránsitos de su historia. Otros modos de culparse. De hecho, creo que ese hombre del siglo xix se culpó a través de la ley como ningún otro lo ha hecho, porque inauguró lo que posteriormente quiso denominar no ya la razón, sino la consciencia. A lo que voy. El hombre de ese siglo no mató del mismo modo que el asesino del siglo xx. El hombre del siglo xx no sintió la culpa, sino el remordimiento o la negación del hecho, la evasión o la rabia, la impotencia de no poder cambiar lo hecho, de no poder cambiar el destino irreversible de su tragedia. El angelus es un lugar oculto de la compasión de un hecho que casi casi justificaban como por obra del destino divino, el niño se elevaba para poder seguir viviendo. Ahora, ¿Qué hacer con esa historia salpicada de rencor, esclavitud, condena, castigo auto-impuesto? Porque digamos, de haber creído en algo, en el angelus, se habría diluído y aliviado esa responsabilidad. Es curioso, en el niño muerto de ese hecho, ya no veo al angelus, nadie se eleva y redime. Cuanta mortificación sin compasión habrán vivido. Cuántos silencios que desconocemos en sus soledades. Me desconcertó, pero me alivia en algún punto, que hayas ido a ese capítulo oscuro y borroso. Desde donde estoy, así lo veo, creo que sé menos que tú al respecto, pero me desperté en navidad con la respiración entrecortada de esto. Lo disfruté y lo tomo como un regalo de navidad. Ayer me dijiste que estaba leyendo, lo curioso es que no. Leo pero poco, no tengo demasiado tiempo, estoy recordando lo leído, más bien. Creo que eso toca ahora, al menos por un tiempo, en lo que me vuelva a mover. Gracias M. Te quiero muchísimo.
G. - Estoy llorando. Para mí es un relato triste. Porque pobrecitos. Haber vivido eso. Si fuera de una moral rígida y condenatoria diría esas frases atroces como, se lo buscaron. Pero no, no se lo buscaron, así es la tragedia.
T. - La palabra: crimen, no sólo apela al registro del derecho legal, penal o civil. Es calificado como crimen sí, pero también es posible que cobre otras connotaciones dentro de la vida personal de los personajes en cuestión.
El hecho, quizá es mejor connotarlo así, el hecho no fue juzgado por el derecho, sino por su propio código moral, o ético; ellos no lo sabían, no lo tienen claro. Se juzgan a sí mismos, en lo que puedo llamar mi versión, de tal modo que a sus ojos, el desenlace de su pleito, de su disputa, del reclamo de amor, que parece ser lo que está en el centro, es inesperado para ellos. Su intención no es la muerte del niño; simplemente los sorprende el resultado. Entonces, siempre en mi consecución y prosecución de la condena que parece haber cumplido mi abuelo, es que él renuncie al amor pasional y quede “encerrado” con su familia “legal” cumpliendo una especie de penitencia, una condena, si no, no se entiende el encierro y aislamiento asumidos.
Y por el otro lado está la función, el lugar que ocupa la amante que es C., esa amante que no va a dejar ir a su amado. Sí es o no justo, para ella misma (recordemos que el custodio queda igualmente encerrado con su preso), como sea, ¿es una forma de amor, cruel? ¿Probablemente, injusto? Tal vez, pero quién piensa claramente ¿¿?? y lo que se le juega cuando sólo se deja llevar en y sobre los hechos y acontecimientos cuyas consecuencias, y efectos que sufrirá (en el sentido en que quedará “afectado” por ellos, por su proceder, por su decisión- la cuál es muy diferente a haber hecho una elección-, sufre por tanto los efectos. Tiene otra hija, que enloquece. Que dice la verdad, etc., etc…
Todos los silencios, todo lo que pudo haber estado en juego no es claro y no se puede decir porque ellos mismos no lo saben. Sólo actúan.
No es un “delito” no saber. El hecho y sus efectos tampoco lo es.
Yo apelé a la palabra crimen, en tanto que en ese registro para ellos y su propio juicio, lo fue, y eso probablemente, no es una afirmación y no está cargada de definitivos.
Para mí, es porque ha sido necesario seguir las palabras como guías. Las que se me cruzan y las que hay. Es aleatorio y con lo que el limitado alcance del lenguaje me aporte. Segundo temporada de mi lectura; según los momentos de mi propio análisis. Y las respuestas que he necesitado a lo largo de dicho análisis. Hacer y rehacer esa historia porque si no, ¿Cómo entender o comprender, reconocer y aceptar la locura?
Rehacer la historia para que no esté funcionando nada más como rebotes de golpes de pelota y no saber qué opera ahí donde uno no tiene ninguna guía.
T. - En fin creo que es tan complicado, más complicado de lo que te imaginas; hay todo un tiempo y trabajo sobre mi propia vida que, posiblemente es un error entregarte, ya mi conclusión (no conclusiva, ni como final) o una deducción para continuar viviendo; lo que se me juega, la angustia y el dolor que viene sin que sepa de dónde viene, de qué lejanía está cobrando vida, sensación o permanencia.
La palabra entonces puede ya convertirse en duelo, en muerte y nacimiento, en hubo un muerto y no se supo más de él. ¿De quién y de dónde, desde cuándo puede llegarme el duelo? Cuando no tengo explicación ora un estado doloroso, lacrimoso, penoso, de angustia y sin explicación aparente. La busco, sueño, me viene, luego entiendo. Y no me niego, lo que veo, y no me privo de mi sentimiento. Lo sigo, es mi guía. Y casi siempre, ¿por qué no? Lo que surge es enfermedad y muerte. Pero ¿de quién? ¿Cómo fue? Y hay que buscar entre cenizas, entre piedras o, relatos encubridores de algo semejante a la verdad, no es la verdad, se le parece pero entonces entiendo. No justifico, pero tampoco juzgo. No me importan las “culpas” ni los “errores”, ni las tonterías cometidas por otros; simplemente trato de comprender sus conductas, sus gestos, y los quiero, y los quiero más, mis abuelos eran altamente pasionales entonces, ¿no es cierto? Entonces escondieron entre sus ahorros, sus privaciones, sus preocupaciones, sus “trabajos y sus días”, su pasión, la suya, la conjunta y la de cada quién. Hay una historia y no quiero que se me pierda, al menos para mí, y ahora continuar viviendo.
T.- Por ejemplo, otro signo de la “ruina” matrimonial, de existencia o cómo quiera uno llamar a ese acontecer la “quiebra económica “, tuvo otra repercusión en el destino y la vida de los hijos. Si no, no me explico el fracaso, la “ruina” de todos esos hijos ahí. De los cuáles, L. es el mayor ejecutante de esa especie de mal cimentada unión, de ese acuerdo loco de unión, o de qué sé yo qué sea. En fin. Pero no te angusties. Supongo que no hay otra manera de estar en familia, en una comunidad de consanguíneos o lo que sea, más que participando y compartiendo lo que haya en juego, en este caso la ruina, la quiebra, la debacle, económica, moral y política. ¿Qué le hacemos? No hay manera de controlar los elementos en juego ni de prever los resultados. No hay culpa hijo, hay eventos, hay personajes, hay momentos. En fin. Sólo es para seguir viviendo. Y que lo que pasó que lo que suceda cobre un peso y un valor que no nos suma en esa ruina, al menos no en la misma y no sin saberlo.
T.- ¿Comprenderás alguna vez algo de mis motivos? No importa. Ya no es tan significativo. Sino lo que sea para ti.
G.- Sí, esto ahonda otro paso. ¿En lo personal te ha pasado, como a mí, un cierto desazón que ahora los contemporáneos, estén tratando de llamar a estos crímenes feminicidios, (aunque C. no haya muerto, siendo un ataque hacia ella), cuando en su época se les llamaba, crímenes pasionales? Es que Medea va y viene una y otra vez revolviendo los cajones de los celos. Buscando pistas. Buscando armas y contra quién descargar que la hayan traicionado. No se va a detener hasta cobrar venganza. Lo de los feminicidos hace encubrir esos actos, como si las mujeres no hicieran nada, tan inocentes. Y así es la violencia del amor que desgarra. Esto que escribes aquí arriba esclarece eso. Que no sabiendo que se hacen los unos a los otros, con lo que se dicen, con lo que van y se provocan, con todo eso que no hay dónde ponerlo sino en el acto trágico, desembocadura. Lo captura y lo condena, cierto. Lo priva para quedárselo. Cómo mantuvieron eso, es algo que yo no sé. Pero a la vez creo que la vida doméstica esta cimbrada en hechos fundacionales más o menos así, de cárcel y privaciones. Por poner mi experiencia, ¿Por qué me iba a privar de ver a otras mujeres si A. no me daba lo que yo deseaba? Me retuvo y me recluyó hasta en su “amistad” para no dejarme ir con otras mujeres. En fin, sí es muy complicado lo del amor, y no hay punto final.
G.- Mamá a mí no me complica que me des esta historia de nosotros, porque incluso la estafeta llegará aunque no lo hicieras en el relato. Y prefiero que sea así, que en el inconsciente de tus angustias, apenas divisadas por algo que no podemos ver u oír. Prefiero mil veces el relato, a la oscuridad de no verte. Llorar no es malo, entristecer por los otros alivia. No sólo tus abuelos eran pasionales, tú eres extremadamente pasional, yo lo soy. Yo también vengo de ahí. Ahora. En mi investigación, he ido a ver que además probablemente sin saberlo, ellos venían de otros lados así, es más antigua esta batalla de lo que creemos saber, viendo muy lejos, y saber de estas historias da una nostalgia hermosa por vivir, por los antecesores, porque se les extraña y se les sigue queriendo, hayan sido como hayan sido…
T.- Sí, yo también creo que así es.
Y reconstruir, o leer en las piedras para no sucumbir sólo y a juicio moral de sus actos, de sus gestos o de sus procedimientos; ¿reconciliación? No. O no sólo, sino apaciguamiento de los reclamos, de los odios y resentimientos. La paz o la calma, hasta que se vuelve a levantar el cuestionamiento hacia la ira que le llega a uno y no sabe de dónde o porqué se está sintiendo. La paz de verlos contentos por ejemplo, quererlos infinitamente como a veces lo siento, quererlos a ustedes tres, y no todo el tiempo, porque a los hijos se les quiere incondicional e intensamente. Y hay que trabajar a diario, duro y con fuerza para no hacerles daño en esa intensidad. Hay que hacer comida y limpiar o tejer, o leer o ensimismarse en la lectura y, muy importante ocuparse de otros. Los hijos son algo que pone en juego toda la fuerza y toda la significatividad de la vida. Requieren de mucho trabajo. Y es muy complicado seguir y no hacerles daño. Y a la vez dejarlos y olvidarse un poco de ellos. Y eso ellos no lo saben. Y eso no se habla. Pero el que los tiene lo sabe, vive con eso.
Yo te quiero y nunca sabrás cuánto. Yo misma no tengo palabras para mencionarlo. No hay y eso es más bien bueno. Así se puede seguir viviendo.
Así mismo se entienden, adquiere explicación la adoración de C. hacia L., hacia cada uno de sus hijos. En fin. ¿Complejo? ¿No? Pero mejor que totalmente inútil y que no haya tenido alguna valor su existencia, su paso por el mundo.
Eso le preocupaba a L., si habría trascendencia de su presencia. La hubo. Me interesa. Existió y a mí me importó. Creo que entonces estoy tratando de recuperar eso. No sólo en su memoria sino para mí, para mi propia existencia.
G.- Algo de lo que escribes de no saber lo que los padres sienten y viven, sí lo sé, medio que lo sé y se esfuma. Pasa. Porque tampoco tengo hijos, pero sí veo a los otros, trato de abrir los ojos y los oídos. Sentir qué les pasa. Por eso vine a vivir acá en parte. Creo que nos está haciendo bien. Te quiero mucho mucho.
L., qué difícil, desde niño tomo fotografías sin que nadie lo sepa. Sin cámara. Tengo algunas tristes de él acostado, medio abandonado en su cama o de sus muebles repletos de lociones y polvo, del piso que cruje, de su grito diciendo, sálganse de aquí chamacos, fuera. Algunas chuscas, se reía un montón de lo que decíamos los niños, le divertíamos. Con nosotros, al menos era cariñoso en la sala, preguntaba sobre ti y así. Yo lo quería. Y cuando lo vi solo por las noches, como yo, solos por las noches en la calle. Me sentí acompañado de alguna forma por él, espero que aunque se haya hecho buey de que no me vio en la noche, o de que dijo, chin ahí viene otro baqueton como yo, a pesar de ello, haya sentido que estuve un poco con él.
T.- Sí, es probable que así haya sido.
Eso es significativo, es decir que él en la calle no existiera para nosotros ni nosotros para él.
Y por eso no nos reconociera. ¿Extraño? ¿No? Quizá concebía que sólo existía para su familia en su casa; fuera, era otro. Y probablemente uno que no quería que conociéramos, un extraño a ese que era en su silla, sentado en la mesa.
G.- Sí, cuántos secretos. ¡Cuántos! ¿Cómo le harían para soportarlos? En fin. Voy a cerrar esto... voy a buscar playa para irme. Los quiero mucho... Por cierto, el … puso una canción de que tiene que ver con esa vida que no pueden mostrar. Yo creo que todos tenemos una vida así. Yo mismo tengo o tuve una vida así. Yo escribo. Ellos, los otros, quiénsabe cómo le hacen. Besos. A ver si el lunes me doy una vuelta. Te busco la canción ahora mismo...
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