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Algo que me parecía real y necesario, era transgredir el concepto de la calidad. La fotografía perfecta, el cuadro limpio, la uniformidad en los caracteres, sin errores, la cultura de que todos tenemos una sonrisa todo el tiempo para todos. Si toda producción humana es cultura, y cada objeto del arte se vende y se ha vendido entonces el arte no sólo es cultura, sino mercancía. Un objeto de intercambio de valor. Y la mercancía juega un papel, con el estatuto de lo bien hecho y lo mal hecho, la calidad, la función lo útil y lo que es apreciado por ello, lo que cumple con mis necesidades y placeres a plenitud. Otros en arte han señalado desde sus nichos esto con sus largos índices. Dado, que lo hacen, lo único que me saltaba la vista hacia un lado en el que discrepaba, es que lo que veía eran piezas sin intención, decaídas, abstractas, puras, débiles, blandas, no silenciosas sino de esa discreción que molesta, lo abandonado a la razón, que no mata una mosca, anonadamiento de mosquita muerta, tullidas, objetos taimados, intencionadas basuras al tiempo. No sólo que me moleste lo carente de sustancia o mensaje, eso en fin me da lo mismo, sé de dónde proviene, de la ignorancia y el vacío, de la petulancia de aparentar. Sino la redundancia en lo mismo: tiro esto en mitad de la sala para que todos vean hasta qué punto puedo llevar esto a la convalecencia de su desaprobación. La cuestión intachable de exceder los paradigmas, y como si el arte fuese esa escala ad infinitumm de expresión rebelde, por no decir, adolescente, carente, de “nadie me entiende”, soy tan escandaloso en mi pobreza. Francamente una desazón ese clima mediático de la grisácea neutra languidez del no decir nada de nada y los públicos nada de nada, con sus bocas abiertas, y las masas con sus piernas abiertas. Mejor no digo nada, no vaya a ser, igual y el museo no me vuelve a contratar, y mis seguidores se ofenden porque ahora todo está tan susceptible. Entonces, porque lo he visto en otro lado, y quizá solo los negros juegan con ese carácter de lo correctamente y dentro de los cánones estándares de calidad, hecho por los otros blancos occidentales en el concepto de las así llamadas artes finas. Porque los negros se permiten esos juegos sin postulado, ni prepotencia. Y en ese caríz, observé que podría hacer lo que hago desde ese lugar, el de falsear la calidad del supuesto gran arte, desde la sincera pobreza. Hacer un cuadro de calidad contrahecho que les pareciera un robo alucinado a sus valores. No informe, deforme, que provenía de un referente, y había que golpearlo con la vista de la ciudad agresiva, ruin, miserable. Había que hacer cuadros que le escupieran al rostro a la muerte. Que degradaran a la sociedad sórdida, llena de su mugre y sordera, sus personalidades que gritan y pitan, o que no ven a ningún lado, gente sin ojos ni estrellas. Gente desollada y lista para ser disecada. Gente presta al switch de lo que sea.
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