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Tengo, por cuestiones desconocidas y misteriosas para mí, quizá por su proximidad tan cercana, un maleficio del que no he podido escapar de cierto tiempo para acá y no puedo ubicar por estar a una distancia tan cercana al fenómeno. Me ciega el reconocimiento. El maleficio consta, de que provoco o hago sentir un gran deseo a las otras personas en venir a demostrarme su grandeza, con orgullo, el venir a inoportunarme con la demostración de su narcicismo sin igual, ni procedencia, un ego auténtico que me vienen a ofrendar. Les genero un gran deseo de venir a aniquilarme con sus nimiedades de sentido y veracidad, con sus conclusiones, ocasiono un deseo de educarme o controlarme o instruirme o aquietarme. Como si fuese el eterno alumno de una suerte de gente tan sabia, y capaz, como jamás la tierra ha visto. Yo por supuesto, estoy sentado en el banco de los acusados, con un pie sobre el cadalso escuchando a sus señorías fiscales. Para ese tiempo, no he afilado mi hacha que se encuentra roma. Y pienso, con lo sádico que soy, me va a costar trabajo darte lo que tanto me pides, pero obedeceré a tus ruegos. Haré cumplir el sacrificio que me pides y del que me haces eterno merecedor, me tomaré la molestia engorrosa, dicho sea de paso, de degollarté lentamente sin filo con mi hacha de leñador. Quizá me lleve más de un golpe para arrancarte esas ideas.
V. justo momentos antes de morir, con fiebre, trashumando fiebres, al lado de un fuego arrimado del camino junto al mar, en el tránsito de un viaje, tirado junto a esa hoguera, pide a su caro amigo quemar la Eneida, su escrito sobre el que está convencido es espantoso y un error de la naturaleza poética. Su amigo no le hace ningún caso, lo guarda, lo manda copiar.
F.K. en su delirantes últimos días pasa en cama sudado y convencido de que hizo algo que no tiene ninguna importancia para nada ni para nadie, que la obra de toda su vida no fue más que un mísero error. Yace en su cama, le hace prometer a su mejor amigo que quemara sus manuscritos en el fuego de una chimenea. Muere, su mejor amigo, no le hace caso alguno, lo publica.
El auténtico padre de L.d.V. era notario. Por aquella época era una profesión nueva de gran envergadura, porque elaboraba las escrituras para tener garantías sobre las propiedades feudales, los límites entre una propiedad y otra. La firma del notario hacía valer. Su padre se acuesta con la sirvienta, cosa nada ajena a la época sin las nociones morales que ahora hemos acumulado en nuestras sociedades hiper decentes… y preña a su madre. Negó que ese engendro, que su madre dio a luz, fuera su hijo, que fuera de su propiedad. En la casa se hizo silencio al respecto, no sin bien permitir que la sirvienta y su hijo permanecieran en la casa propiedad del notario. El hijo creció dispar a sus hermanos sin tantos juguetes como sus hermanos pudieron disfrutar. Su tío, hermano del padre, era un tipo alejado que vivía ahí mismo haciéndose cargo de la granja y la casa. El tío inventaba pequeños sistemas mecánicos de poleas, palancas, cuñas, manivelas, tornillos, ruedas, e ingenio, con herramientas sencillas para alimentar a los animales, para acarrear agua, para moler el grano, para facilitar tareas de mayores esfuerzos, y en sus ratos libres le elaboraba juguetes al pequeño crío que crecía en la soledad de la bastardía. Juguetes en movimiento, juguetes cuyos mecanismos obraran de maneras raras por sobre un paisaje rural. Ese niño creció dibujando en libretas, hacía bocetos, dibujaba y anotaba todo sobre lo que veía, se dice, que inventó el helicóptero hace alrededor de 500 años.
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