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El internet, clave, palanca y detonante de otra circunstancia. Lo he observado, el internet opaca la actividad externa de las personas que vivieron un planeta tierra sin señal de internet. La televisión ya era ridícula, desde antes del internet, no abordaré ese elemento, que está por terminar de fenecer a manos del internet o a mutarse en otro engendro, quiensabe cual y ver si arrastrándose alcanza un sitio del que abastecerse sin quebrarse, con sus nomenclaturas fijas: el canal cultural para personas que piensan, el canal de niños donde no deben enterarse de nada de la vida adulta, el canal para las señoras que pueden planchar toda la tarde…ETC… sus divisiones de clase, género, ETC, esto es para gente vulgar, esto es para gente culta, esto es para gente decente, esto para la indecente. ETC. La música se sube al tren, en el vagón de los vagabundos, a ser la diva que siempre ha sido, toman su lugar reservado entre los harapientos de siempre, saludan desde la ventana del show glamouroso a los fanáticos que se desviven por ellos (oh sus vidas de artistas tan excéntricas, las muchachas aún se abultan para desgarrarse cerca de ellos, que bien vende saber tocar “música”). ¿Los cuadros a los hogares o a los museos? Los dueños del dinero, los pintores más cotizados, abogan que los museos son por la democracia. ¿De qué democracia hablan? ¿De la de esos cementerios llamados museos? Afirman, los dueños del dinero: el dinero apesta. Lo acumulan y se bañan en dinero, mientras éste, apesta. La contradicción de declarar ser algo y ser algo distinto de lo que dices ser. ¿Los cuadros a esa exacerbada situación de sobre-valoración absurda de las subastas? ¿Porque, qué manera de acumular dinero no representa un crimen? Por más legal que lo hayas adquirido, la materia no se crea ni se destruye, a otro tuviste que haber despojado, nada sale de la nada. Para que en un lugar se acumule energía-trabajo-dinero en otro sitio se ausenta ese dinero-energía-trabajo, es una simple ecuación llana, amenos que creas en el adagio tecnológico con su armonía artificial utópica (como sucede, ja). Tengo postales de todos los artistas que puedas desear tener nunca antes visto en ningún momento de la historia del archivo y el documento, de lo que te puedas imaginar. Los he archivado. De todas maneras de lo que se trata es de conservar a los custodios de los museos. ¡No perdamos esos empleos escultóricos! Señora gorda sentada junto a obra reconocida por la historia del arte, expectante, no tocar, atrás de la línea, reza la ficha técnica que resguarda lo invaluable de la civilización, de los saqueos antiguos de otras culturas, de los saqueos contemporáneos vigentes del capital activo. Y no he llegado al quid de la cuestión. Los artistas siendo una réplica de sí mismos, puntos de apoyo para todo un sistema de enajenación de la cultura, se detienen a subvencionar sus discursos, creyéndose los portadores y no los instrumentos, si tan solo son participantes de la masacre global señores, no se engañen o nos quieran engañar. Decoradores de hogares petroleros, inversiones de guerras venideras, redituables. Y allá va vil. Como si el libre mercado se regulara solo por arte de las dinámicas mágicas del propio mercado, la mano invisible del mercado, sin voluntad. Ya no hay metáfora ni acusación que pueda recrudecerlos, creo que gracias a ustedes me enteré que no existe el infierno. Y ustedes con sus críticas endogámicas. Dime quienes son tus preceptores económicos y te diré quién eres, de qué trata lo que según tú haces. El paradigma de lo que solemos decir y ver en la revistas cómo el ahora simultáneo de la contemporaneidad, en el titulaje de la época, membretes, bombo y platillo con el chango haciéndoles la fiesta del no subvencionamos la estructura clasista. El absolutismo de lo contemporáneo, de lo que sucede en la ilusión de una misma dimensión compartida, lejana y contigua. Para vivir en el oasis de sus colonias. Y los públicos ignorantes haciéndose la selfie de los tiempos, miserable vida. El arte contemporáneo como cúspide de las cocas multidimensionales, genéricas y estándares. La torre monopólica del coleccionismo dudosa y ruin, enclavada en su empeño, desplomándose y masacrando a los morbosos. Ese arte que viéndose desplazados por las circunstancias, de la vida en línea del internet (irregular y todo), elaboran ahora los modos en que sus fichajes sólo puedan ser a través de sus medios tradicionales, materiales, presenciales, in situ, experiencias para el espectador de un determinado lugar físico y puedan vender eso: ESTO SOLO SUCEDE AQUÍ, porque nos han robado el título de contemporáneo, sus parques temáticos con sus actores, imposturas, sus innovaciones para avivarle el fuego a los incautos, para darle juego a los tarados de los medios. Esas características le han impreso un aparente aire de renovación, de frescor al asunto, viéndose y situándose amenazado por esas circunstancias, se desplaza, como queriendo decir, mis presupuestos de verdad están ahí, no me los han tocado, y ojo, no me los pueden tocar, ni los tocarán. Seguiré siendo esta historia de la estatua rancia, que suda dinero, para unos cuantos. Esos desplazamientos, los hemos observado, con sus respectivos tratamientos “críticos”. Critican a la misma fuente de la cual se sienten amenazados, no es nada de extrañarse, incluso es la respuesta reacción esperada, por esa clase que ve diluirse la experiencia construida hasta ahora alcanzada, que empieza a presentir las fracturas de su cárcel, su amada prisión. Los museos cementerio. Ejercen la antítesis de sus postulados, máscaras resquebrajadas. De lo que les convino hasta ahora, se adaptan o se van, parece ser la cuestión. Flotando entre los meandros de sus correlaciones, diluirse no sin antes dar sus últimas batallas o las primeras, porque habría que decirlo, van a venir en esta dirección, encausarán nuevos ejércitos de artistas dispuestos a batirse en la mierda. No esta generación, esta generación está caduca, quizá la que sigue, o la que sigue de la que sigue. Tampoco es que en su necedad vean de modo tan fácil el claro del bosque. Porque no pueden. Viven en su estatismo y lo planean conservar, acuñar, cobijar, lo protegerán, como han protegido a sus amos, hasta que se derrumbe la montaña sobre de ellos y los sepulte con todo el poder de la montaña. Es cuestión de años, de minutos, no quito la mirada del segundero, ja, hasta creen. Quieren hacer algo que esté fuera de la pantalla, que puedan meter en uno de sus recintos, y ponerle el gran letrero luminoso EXCLUSIVO, sólo para gente pedante.
Por donde quiera que veas al ser humano nunca le ha gustado estar aquí presente. Ausente dentro de sí, rehuye, se mete, se olvida de haber sido naturaleza. El ser humano no desea estar donde está nunca. Desea y anhela ir a otro lado, en todo momento, nada le satisface. Volar quizá, ir más y más adentro, donde no lo juzguen, donde pueda ver y no ser visto.
Siento que el arte no es para otros artistas, es para los otros, los que sean, eso no puede tener demasiada ciencia, ni debe tenerla. La música no es para otros músicos, la pintura no es para otros pintores, el cine no es sólo y exclusivamente para otros cineastas. En el embudo de las nociones del lenguaje es cerrar el paso. Es volverse un fantoche que postula teorías para explicárselas a los nabos y que los nabos aún deseen ser cocinados por esas manos especializadas. Los artistas de ahora no son más que nabos de un caldo asqueroso preparado por otros nabos. Si se va a los recintos de la así llamada cultura, se estará inmerso en el pueblo de los nabos. Si usted tiene una pregunta, le sugiero abstenerse, no creo que un nabo sepa más que usted. ¿O sí?
En mi región la así llamada cultura sigue mirando a los imperios, deseando ser como ellos, a semejanza, que ese sea el parámetro de su cultura, adora al occidente que lo ha sometido y que lo mira con desdén. Es una historia de arrastrados por los que los desprecian. A su vez, calcan el desprecio que puedan sentir por los otros. Es sumamente extraño. Es una historia ordinaria y trillada, de un amor fútil.
En India las películas, creo, duran entre 3 y 5 horas. Los cines, creo, tienen permanencia voluntaria. Las tramas son tan retorcidas intrincadas laberínticas encimados los problemas en capas concentrados que en cualquier lugar de la película uno se halla como en la vida, inmerso en el universo gramatical de las nimiedades. Da lo mismo entrar al principio a la mitad o al fin, se puede uno quedar en el cine el tiempo que desee. En India la concepción de la vida y la muerte es análoga a esa permanencia voluntaria. No hay principio ni fin. Da lo mismo comenzar donde sea o terminar joven o viejo. Da igual, era el destino, y nada se comienza ni se acaba. Es un continuo discontinuo avance cósmico. Si se ve desde allá, la vida y la muerte, Occidente parece un niño corriendo entre sueños, jugando agitado, entre el temor y lo divino.
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