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«Quizá deteste a todos los que aman su lengua, su apellido, su nombre, su nacionalidad, su religión, su estatus, su pensamiento». P. Q.
Un hastío de la totalidad. Un conflicto, una escaramuza con el acto mínimo. Nunca nadie lo podrá ver todo ni dios ni omnipotencia alguna posible. ¿Quién ve, al entregarse a cualquier enunciado, comienza a cegarse? La embriaguez del momento último, el éxtasis antitético. Conversaciones con dios parciales, balbuceos. Un éxtasis inalcanzable o irrealizable en vida, un éxtasis invertido. Hace años interrumpí el curso de una galería con un rompecabezas. La galería eran 11 vitrinas resguardadas con un cristal de 1 metro por 1 metro. Había observado Exposiciones ahí, con dibujos o imágenes en esas proporciones o cercanos al metro x metro. Con lo que hacía y con lo que hago, me dije que no, que eso no. Que no debería hacer esas piezas únicas, grandiosas y elevadoras de no sé que coherencia incoherente. Coloqué 318 imágenes de distintos tamaños, un laberinto una ciudad un rompecabezas una arqueología de instantes. 318 imágenes sin concatenación, esparcidas como la naturaleza, caótica y con un cierto orden armónico invisible. Irrelevantes las nimiedades, irrelevantes en el sentido de no generadoras ni consecuentes ni causales. ¿Para qué si un día moriría? El tejido en conjunción era ilegible hacia un correlato novelístico, hacia un desarrollo, o una propuesta de lo que se suele llamar la producción de cultura humana. Sin fichas. Enunciados cortados. Recibí espetaciones de que era una complejidad sin principio ni fin, desordenado, que no podrían verlo todo. Otros, los menos, dijeron que pasaron por ahí varias veces para ver algo que no hubieran visto la vez anterior que pasaron. Provoqué en los primeros una insatisfacción, muy satisfactoria para mí. No soportaban no verlo todo, no apreciarlo todo, estar faltos, incompletos, no estar satisfechos de verse reflejados ellos en su totalidad ahí. Querían completarse y decirse en una totalidad. Por ahí tendría que ir el resto de mi vida, apunté. Nadie podrá verlo todo nunca, eso es imposible.
Fui de adolescente a las iglesias barrocas de la colonia en P. Excesivas, doradas y decoradas, los ángeles hechos por las manos y colores mesoamericanos. La belleza de no poderlo ver todo, de esa sensación de incompletitud, de pequeñez frente al universo reunido en esas bóvedas de luz y color. Me podría perder en la fiesta del color delirantes de sueños.
Llevaba el libro del oficio de poeta bajo el brazo, no sé qué tanto entendía, ni si era total esa lectura, lo he tenido que leer en diversas ocasiones, con una sola no ha bastado nunca. Fuimos con la escuela a ver las mariposas monarcas en el bosque en un viaje. El bosque verde respiraba como un pulmón con sus alveolos y su viento fresco de cuna. Millones de mariposas naranjas, todas hermosas, cada una en particular distinta a las otras, cada una en su situación y todas una sola ahí, revoloteando sin ruta predeterminada ni fija y con una ruta planetaria determinada y fija. Yo estaba perdido para siempre. Naranja y verde en vibraciones resplandecientes. Fulgores de los rayos solares dorados, el viento sacudiéndose mecía las ramas. Universo y partícula, lloré conmocionado. Me hinqué incomprensible, sin importarme su sociedad bien compuesta de pendejos reconocibles y reconocidos.
La composición de libertinos y ascetas, buenos y malos en proporciones variables y cambiantes, fluctuantes, ni uno ni el otro es mejor que el otro, ni más bueno ni más malo. Son, el motor de ese otro mundo de pulsiones, lo demás, esa masa informe y voluble que es solo comentario, utilería de un escenario ficticio que se derrumba y forma, que pretende no ser siniestro, que finge no tener un aura de crueldad angelical.
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