La roca del tiempo

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Colección de apuntes sobre arte IV

LA DISPERSIÓN, LA MUERTE, LA ETERNIDAD, LOS OJOS, LAS ESTRELLAS. EL DESEO.

Breves argucias para vivir muriendo.


Los ojos dispersos por la muerte en la eternidad de las estrellas y el deseo.
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No sé si soy enviado del cielo, eso no me interesaría saber. Lo que sé es que estoy aquí (en ningún lado para el lector). Para una persona de hace 500 años no sólo seríamos una abominación. Lo pasmaríamos al grado de matarlo con sólo ver lo que hacemos, se le detendría el corazón al primer parpadeo de realidad. Son como 9 personas las que soportarían asomarse a nuestro actual emporio de la verdad, al monopolio de la actividad certera, a nuestra degradación consecuente de sucesos y hechos, ficticios, no mientan.

¿No les es perturbadora la publicidad de lencería? Fuera de lugar. Venden calzones para mujeres y es una publicidad para hombres. Son para un estatus social esos calzones, tienen un precio y en una sociedad en que son los hombres los que ganan más dinero, proveedores de la manutención... ¿Quién los paga? ¿Es una prenda de uso para quién, deleite de quién, delicia y ostentación? No generalizaré todos los fuegos, es una empresa que los vende y lo sostiene, con base en estudios de mercado, está quien paga por esa bisutería, para que el anuncio porno-erótico esté ahí, palpable. En el comercio de la carne sensual de los velos. Se cree, se afirma, que el comercio de la prostitución sólo está en los bajos fondos, eso es la moral falsa de nuestros bordados, de nuestros tejidos sociales, eso opera a todo nivel y clase social con sus modismos respectivos, su tenue degradación concupiscente. Lo sórdido de la belleza contractual. ¿Dónde dejamos nuestras almas sucias a colgar? La narrativa amorosa es el artilugio de máscaras y salones, de anonimatos en lo prohibido. Quién no ha escuchado de la carrera "universitaria", mientras me engarzo, en una institución privada de prestigio para encontrar el mejor postor, los domingos rutinarios de sermón pastor. Aquel que asegure el futuro de una progenie, de la casta, el linaje, de la sangre, la genética, las similitudes ilusorias, la perpetuación de unos bienes. No me promulgo en contra de la prostitución, me molesta la simulación, los telones con sus parsimonias tediosas, para elevar los precios de unas nalgas. En los tableros de la bolsa los números suben y bajan con la arritmia de la taquicardia y el temblor. Volviendo al afiche de la lencería, para una sociedad en la que unos trabajan para producir mercancías y otras consumen para vender o rentar los frutos que la naturaleza les otorgó o los impostaron, y ser consumidos esos frutos a su vez por los que generan comandan esos productos en una cadena que da toda la vuelta de montaje mecánica. ¡Cuánto hilo y costura! ¡Cuánta trama desvela! ¡Con qué sudor se precipita y agolpa! Unos ofrecen los otros pagan por ver quitarse la prenda, tan erótico como el poker. Que si se da cuenta de la vuelta completa, sería un juego entre machos, los machos ofrecen a los machos su demanda. Lo que los machos desean, a otro macho pasado por la lente de la lencería, ese ojo trémulo que crepita. Es un caso específico, no habría que extenderlo a otros campos de la erótica o la pornografía, ¿O sí? ja ja, con sus debidos tabúes, prohibiciones, preguntas sin respuesta, ofrendas, causas para efectos de mercado justificables. No creo que ni siquiera en la.

Que para salir a un lugar cualquiera en esta civilización con una mujer tendría que saber algo, decir algo, tener algo. Balbucear, abducirme de lo que soy. Ser un payaso entretenido o un rico empresario, tener armada una escena, un costal a las espaldas. A veces no tengo ni para el café. En una sociedad capitalista productiva no soy nada ni nadie sin dinero y sin palabras, experiencias, algo de oferta. Así es como he sido, incapaz para hacer demasiado, sino lo insuficiente para vivir. Una travesura sin precedentes. No he querido vivir al ritmo estremecedor o subyugado por el fantasma de la miseria que me alcanzará si no me levanto temprano por la mañana a realizar una vida productiva en repeticiones y enriquecer a no sé quién que igual se angustia por las cifras en el banco de la angustia, el banco de los acusados. No me levanto, no lo hago, no poseo mujer, llego a perra, no tengo ni para el café. Quién querría salir con uno de los magníficos perdedores del canon de la sociedad, de los encumbrados fracasos de la urbe, su atrofia negativa, lo que no puede justificarse. Alguien que está tranquilo de serlo y que podría morir el día que lo deseé. El día que sea me mato, que no le importe a nadie, o que tenga que arrastrarse por un dolor inaudito en el vientre de la deuda exterior. Sin sirenas de ambulancia, y socorros y llantos y esperanzas. Por supuesto que no, no sufriré jamás nada. Ahogarme en un río turbio, colgarme de un árbol fuerte, tirarme de un puente estremeciendo el tráfico. Deteniendo por un instante el soplo de la lógica. Y sus caras estupefactas ante el espectáculo de las tripas y la sangre, el alarido.

Tocar el piano a las dos de la madrugada, llevar a abrevar al río una jauría de pájaros, escapar al tiempo con la flauta dulce, una noche de lluvia, husmear en los meandros de recuerdos vagos, reinventados a placer.

   

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