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Hacemos todo por no morir. Los hay, lo aseguro, los que escapan a la muerte. En medio de las vicisitudes, libran una pelea interna, sin tregua, por la plenitud de la vida, por cada pasmo. Lo que nadie puede es escapar a la literatura. La literatura es de esas libres mujeres que se cuela donde quiera que sea. Queremos tener una muerte que sea la medida de nuestra vida. Y para ello sale la literatura en cada boca de cada lengua. Se asoma, se pronuncia una muerte desconocida y se la vuelve literatura. Otra muerte otra literatura. Queremos morir trágicos, arrollados por un amor, embestidos heroicos en mitad de las causas de todos, que se lea el balazo en la prensa a 24 puntos y doble espacio, murió por los otros. Queremos un día caer de rodillas riendo en un infarto, contagiar a los otros de la absurdidad con la que tomamos nuestra muerte. Imaginamos que en el velorio se hacen chistes para conmemorarnos haciendo de nuestra persona un muñeco, un payaso de trapo con el que juegan su recuerdos, los suyos, porque esos está claro ni siquiera fuimos. Quizá esa sea la figura exacta que nos retrata, la de la carcajada mortal que nos fulminó por burlarnos de la solemnidad con que se toma un asunto que se cree de importancia. Y que se nos recalcó no lo hiciéramos. Revolcarnos en nuestra comedia hasta morir. O mentimos en un melodrama exagerado de nuestro gesto último, patéticos moribundos en busca de glorias banales, violines chillando para atraer unas últimas miradas, chantajeamos a los presentes para obtener una significancia de este mundo que abandonamos. Hinchamos el pectoral, queremos morir en un acto intrépido que no sea un error, tememos al error, a lo ridículo de morir en la bañera. Nadie quiere decir no escapé a mi destino, estoy en una tumba ancha que inscribe accidente, azar, fatal coincidencia. Estoy en un horno que dice enfermedad letal. Estoy en un campo de pastos verdes acariciados por la brisa, estirado, con el pecho hacia el cielo, hundido. Hacemos esa cabriola del sexo de muerte, un infarto en un orgasmo, se vino y se fue.
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