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Larga es su historia, animados, sin querer, como juguetes entre maravillados y siniestros, resplandecen en lo articulado, se diría que un alma los posee en sus goznes. En el año 1500 a.C., Amenhotep, hermano de Hapu, realiza una estatua del rey etíope Memón, que despierta al recibir la luz dorada de los primeros rayos del sol al amanecer. Este mágico ciprés de bronce emite sonidos melódicos para anunciar el día, como si por sí misma tuviera pulmones y corazón.
En el siglo IV a.C., Arquetas de Tarento crea una paloma que desliza suavemente por los cielos, impulsada por el vapor. Suave y elegante, parece un ave real, su movimiento mecánico era tan preciso como misterioso.
En el siglo II a.C., Polibio describe un artilugio espeluznante: una mujer de metal con clavos en su pecho y brazos, abraza mortalmente a quienes incumplen los pagos al tirano Babis de Esparta.
En el siglo I a.C., Herón de Alejandría inventa un dispensador estatuario que servía vino de forma automática, deleitando a los bebedores en las fiestas y banquetes. Su perfecto mecanismo funcionaba con el arte de las matemáticas, como si por sí misma tuviera un alma.
En el año 805 d.C., los hermanos Banu Musa, por encargo, realizan un libro titulado Los Mecanismos Ingeniosos, en el que describen cien maravillas automáticas. Entre ellas se encuentra un árbol de metal con pájaros cantores, leones rugidores y grifos alados, movidos por una manivela mágica.
En 1206 nace San Alberto Magno, un monje curioso que dedica gran parte de su vida a crear obras de arte mágico y seres artificiales. Uno de sus inventos fue una cabeza parlante, cuya boca se abría y cerraba al son de palabras misteriosas. Su vida la consagra a una obra maestra, un mayordomo automático: una figura humana que abría las puertas, saludaba a los visitantes y realizaba tareas domésticas con movimientos fluidos y precisos. Sin embargo, Santo Tomás de Aquino, discípulo suyo, destruye este artefacto, convencido de que la mano del diablo había influido en su creación. Su acto fue interpretado como una defensa a la fe contra las maravillas terrenales.
En 1260 nace Al-Jazari, un ingeniero árabe cuyo genio dio vida a maravillas que ningún hombre hubiera imaginado antes. Crea el primer cigüeñal y los primeros relojes impulsados por pesos de agua y arena. También forja un complejo reloj mecánico que incluía elefantes mecánicos y humanos de metal, que marcaban las horas con pulcra precisión matemática. Además, Al-Jazari crea el primer autómata con forma humana a tamaño real: una figura masculina que servía distintos tipos de bebidas con movimientos gráciles. Su obra, recogida en El Libro de la Historia de la Tecnología, continúa siendo un testimonio de la genialidad inventiva de su época.
Estas maravillas, tan diferentes entre sí, tienen algo en común: son el reflejo del ansia humana por superar los límites de lo natural y lo divino. Cada autómata, cada mecanismo, es una pequeña ventana al infinito potencial de la inteligencia humana. De cada autómata en sí, se podría decir que tiene un alma que lo anima.
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