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Qué trance hipnótico qué imantación misteriosa qué atracción inconsciente produce el árbol de los sacrificios. El viento sopla y se lleva las hojas que tira a puñados. En cuántos remolinos los escombros vuelan, con que fugacidad atemperada barre las hojas que se leen vidas desgastadas. Ahí en un yermo crece solitario, entre el risco y el pedrusco, entre el abismo y la noche de silbidos, con sus aves cruentas, carroñeras, que se agarran al sólido voluntarioso árbol que semeja el escabroso rayo, el temible trueno que rompe el cielo oscuro retorcido. Tenacidad para la necedad. Los tambores han sonado, se han llevado otra alma voluta, nada. Con cuanta megalomanía se arrojan, ciegos, inauditos, al árbol de los sacrificios. Por extraño encantamiento los cuerpos se encaraman a sus ramas, suspendidos oscilan con el aire hasta deshacerse...
Es entreguerras, la desesperación del dolor en la miseria. La persistencia en el fracaso, hágalo bien le va mal, hágalo mal le va mal. Uno y otro y otro y otro más, intento tras intento, aquello se cae. De frustración en frustración, ninguna empresa levanta. Busca y rebusca como los antiguos su destino. Vaya tristeza que ahonda, que huele a melancólica derrota. Los muros lo cercan, altos muros de la especie inmisericorde. Por eso, al menor atisbo de éxito, esta especie aplaude y rinde pleitesía, idolatra se hinca y admira, besa los pies y se conforma con fetiches, con adorar figuritas.
El rapto de la muerte es galopante, de una violencia inconmensurable, son los ladridos de los perros, la huidiza nocturna luna de los azahares. Es la soga al cuello y el tirón definitivo, absoluto...
Si el pasado es necesario, el presente es contingente y el futuro es posible. Cuanta bárbara concatenación lógica-ilógica tuvo que ocurrir para este momento, desde el pasado remoto. Entre audaz y tedioso, el enorme mar de las causas y efectos peleó y se devanó para acontecer. Es más improbable este instante material que asertar en la lotería. Estadísticamente, que existamos, después de todo, dentro del azar infinito de posibilidades es casi imposible. Es remoto que este mundo sea. Esta franca sublime abyección del universo devino aquí. Somos nimios, nada, la eternidad nos espera con su nunca para siempre. De mí se ríen los ángeles.
Me estoy jugando el nombre.
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