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…CONTINUACIÓN
Se ha dormido en pleno sol, a la sombra. Le pagan como si pagaran una renta a sus dioses, la ciudad ha visto demasiados peregrinos. Tirado ahí ha empezado a reconocer las cosas del lenguaje de esa aldea, pueblo singular. Masculla esas palabras. Recibe las dádivas del cielo. Nunca se adentra en la ciudad amurallada, sus locales se han habituado, le han regalado ropa vieja y colorida. Habla de vez en cuando, poco, con alguien que le pregunte, qué hace ahí de dónde ha venido, su faz es extranjera. Se da a entender, con lo que ha comprendido sobre esa gente. Recupera su sombra, yergue su cuerpo, después de dos veranos, se diría que ha vuelto a florecer. Ha visto a los hombres de la ciudad montados a diversos animales, como nunca antes . Él sólo conocía los caballos y alguno que otro asno. Llevaban sus cabras o borregos a pastar, mientras tocaban la flauta y cantaban. Extraña su casa, la risa de sus hijos que corretean, las caderas mansas de la mujer, sus pechos erguidos mientras lo monta a la luz de la luna. Camina otra vez, se ha vuelto a ir, ve a lo lejos, una manada de caballos salvajes. Sabe acercarse a esos animales que no le temen y lo respetan. Mete la mano a un costalillo que le pende de un costado. Le ofrece unas semillas al hocico del jefe, que lo mira impasible. Se diría que se entiende mejor entre esa manada que entre los testarudos hombres. Acerca su nariz a la suya, lo acaricia en el lomo. Sube a él, hará de su destino el destino de la manada. Corren por las estepas a galope, se hace parte de esa flecha de animales que arañan el cielo estrellado en una borrasca sin tiempo...
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