La roca del tiempo

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Colección de apuntes sobre arte V

Nada y un poco de algo más

Narraciones inverosímiles.


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Digamos que hay una serie de profesores que dadas las condiciones, la oportunidad de su puesto, la altura del podium, son corruptos y extorsionan al alumnado, solicitan sobornos. Tal tiene que entregar una suma de dinero, tal otro cierto regalo, o tal otra hacer un favor sexual para aprobar el curso. Más descabellado aún sería, la situación en que algún profesor llegase a forzar sin modo valedero esa situación, sin justificación, y amenazase con ello a pesar del esfuerzo de los alumnos. Supongamos que sucede, ha sucedido. Pero, un momento, pensemos en la situación de una joven de 16 años, que se enamora del profesor joven, con talento, apuesto, que sin mal pensar que se aprovecharía solamente de su posición, también se enamorara de esa entrega. De ese momento erótico en el que los que participan están convencidos de su papel, involucrados hasta el tuétano, por ilusorio que fuera. (Dirán que la entrega amorosa en los adultos es cabal y sensata, jsjsjjs, ¡por favor!). Ahora pensemos que la situación se agrava al ser sorprendidos, cachados, con los rumores, las mofas, el escarnio entre los compañeros, las burlas y sobajes denigratorios hacia ella por "puta", etc... Que llegan a instancias mayores, con los directores en una representación de pantomimas supuestamente indignados, los "honorables" padres de la interfeuta sin dar crédito. Los padres exclaman, si mi hija es una santa, los directores intimidan, auscultan al profesor, lo acorralan, lo examinan, lo amenazan con entregarlo denunciarlo a las autoridades del estado. Entra la psicología institucional en escena, con todo ese añejo armatoste conceptual, reprimido y represor, que de inmediato conjetura, califica lo sucedido como una falta, del orden de los abusos. Rodeados de esa estructura moral se le arranca una declaración a la joven, en ese círculo de comentarios y acusaciones: yo no quería, fui obligada. Pensemos en el artefacto de censura, en como opera el condicionamiento moral, y el escarmiento frente a la mirada pública. Como si nadie hubiese sido libre de sus actos. El "abusador", que arrastró a su "víctima" a un ruedo, en el que sólo se dejó llevar por la inducción desmedida de una voluntad ajena. Pensemos en la violencia de ese aparato mórbido, que sojuzga a cada instante cada ínfimo acto, que vigila cada desliz, que se despliega en cada momento para sostener lo que considera verdadero, y todo lo que deja fuera con sus decretos y sus mandatos. Esa cárcel moral, sistemática y telúrica, con la que unos hacen valer sobre los otros lo que debe o debería de ser. Ese debe o debería de ser, es sólo un cebo.

La extenuante lista de las variadas formas y métodos en que los padres se encargan de matar a sus hijos, sin matarlos, naturalmente. Metafóricamente hablando, todo el cementerio deambulante que pulula llamado humanidad, con sus desguances, faltas de valentía, arrojo exangüe, nula pasión, su desgano y cero euforia por la insólita existencia. Seres neutralizados, anémicamente aniquilados, acallados, castrados, parlanchines, habladores, charlatanes, adaptados, ignaros, prejuiciosos, fieles ciegos creyentes, consumidores leales. Constituidos despojos, orgullosos farsantes. Hablan de todo y no dicen nada.

Eso no es todo. En contrapartida, todos esos hijos que se comen a sus padres. Metafóricamente hablando, los desmiembran, día a día es tolerado su canibalismo. Incitado. Hasta no dejar ni rastro de los progenitores.

Ese personaje llamado cónyuge que decide ir matando a cuenta gotas al otro/otra, con decisiones, malos tratos, en la inconsciencia, esos pequeños odios en pequeñas dosis, con reglas rencores y cuidado de incomprender la situación, vejaciones y altanería. Con ahínco en la rabia, el asesinato lento y perdurable de estar condenado y atrapado en ese lugar al que quiénsabe cómo se llegó ahí. Con esa persona nauseabunda que se detesta en silencio, de la que se urde un trágico y transparente fin, sin evidencias, salvo para los que abrimos los ojos y no paramos de oír las declaraciones flagrantes de sus impunes delitos. Impolutos crímenes.

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