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Las experiencias y sus percepciones están condicionadas por los prejuicios, estereotipos categóricos de cada concepción, de cada estructura preconcebida insertada en el entendimiento, de cada subjetividad que las somete a su obediencia y docilidad por una cuestión defensiva ante lo otro. Lo aprendido se juega como identidad irrevocable, estatuas indubitables. La sangre, el linaje, la herencia, esos reductos para amar u odiar, mamados en la leche, en la palabra. Todas esas nomenclaturas que formalizan, que se encargan de realizar la noción sobre el mundo de cada sujeto. Cada sujeto conforma su visión a partir de ese contagio con el mundo. La diferencia y separación, entre alta cultura y baja cultura, lo vulgar y lo refinado, lo obsceno y lo puro, lo erótico y lo pornográfico, la prosa y la poética, el lector y el analfabeta, el hombre o la mujer, el cuerpo y el espíritu, la carne y el alma, la razón o la locura, el normal o el loco, y una larga lista de exclusiones y prestigios banales. En fin, todas estas categorías que dividen en ordenes establecidos situaciones desequilibradas, de abuso y desconocimiento. Modos, para estupefacción de todos, de ordenar y jerarquizar, de privilegiar y denostar. Esa suerte de cualidades que delimitarán, dotarán de respeto dignidad o de desprecio. Texto u oralidad, por ejemplo, es narrativa, de eso no cabe duda. No querer dejar nada afuera del relato, quizá esa sea por un lado lo insoportable tanto para unos, como para otros su salvación. Mientras un lado no quiere dejar nada fuera del relato, le es imposible no decir, no ver, no enterarse, el otro lado necesita prohibirse, separarse velando, sacarse del ruedo, entrecerrar los ojos. De todos modos, no hay forma de no leer, en el hueco se lee. El analfabeta lee, sigue los rasgos y huellas, los relieves de lo que esta fuera y dentro del relato. Porque toda lectura es una relectura, porque no hay virginidad ahí en la hermenéutica, de reojo la referencia parpadea. Práctica y lícitamente, la anarquía es imposible, es una utopía en teoría. Lo extraño, es que la dichosa anarquía sólo se puede vivir al interior de la carne, en el verbo inútil de pensar. La anarquía sólo se puede vivir en el silencio.
Morder una manzana, es arrancarle un corazón a la tierra.
A una mujer u hombre que su pareja no se lo folla, le entran unos celos demenciales e infundados, de algo o alguien que le roba la pulsión sexual del otro. La atmósfera, el ambiente se torna en un asunto homicida, un asilo de homicidas. Se permanece ahí para tarde o temprano asesinar de algún modo al otro. No finjan con falsas escenas. Con calma o desesperación, se aguarda el momento propicio, alevoso, para vengarse del abandono y la miseria que el otro sostuvo. Se lo asesina en la eternidad del silencio, de no oír nunca más su voz. ¿Violencia? No saben lo que es el deseo incontenible, irrefrenable. Es un asunto de traducciones, lo que no sale por un lado sale por otro. ¿Violencia? Todavía se lo preguntan.
Las mujeres controlan a los hombres con el sexo... con el movimiento de sus caderas, el contoneo de sus culos, el susurrar de sus labios, el parpadeo de sus ojos, sus tetas temblorinas, sus piernas carnosas, sus vulvas húmedas y calientes, sus hermosas nalgas perfectas nalgas rebotando, sus anos escondidos, con sus señuelos de placer. Con ese alboroto que apabulla, excita y dosifican. Los hombres controlan a las mujeres, en pocas y resumidas cuentas con el dinero, es decir, con el poder. Cada cual tiene sus instrumentos de tortura y condicionamiento. O placer y algarabía. Cada cual administra esa economía, de modo dispendioso o tacaño, ese trozo de nada tan importante que le falta al otro. Cuando se es joven lo del amor es ese sueño real que se respira, se cree y se palpita, se muere de amor. Después, al paso del tiempo la realidad incauta cada rincón y se tiene que ser ingenuo o verdaderamente estúpido para sostener eso todos los días con buena cara. Por lo regular el tiempo se encarga de despertarnos de ese sueño hermoso. El comercio del amor no debería asombrarlos tanto y dejarlos en ese estado prejuicioso de anonadamiento frente a los expendios del capital, sus reglas, características y gobiernos. Todos tienen algo que vender, algo que ofrecer, algo con que sujetar, corromper, y privar. A todos gusta el peso del látigo, ya sea en la mano o en el culo.
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