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SIGUIENTE
…CONTINUACIÓN
Por la noche, se queda plantado, mira el tapiz celeste. En andrajos camina por la mañana, arrastra la pena de seguir vivo. Se detiene a beber agua a sorbos, comer raíces raídas, algunas frutas encontradas de milagro. Hace un fuego perdido, junta ramitas esparcidas, mata una liebre desprevenida o unos ratones saltarines, los avienta a la lumbre y saca esas bolas de carne que mastica con desesperación. Recuerda haber emasculado los miembros de los vencidos, mientras arranca esa carne con los dientes enfurecido. El espectro lo visita, lo mira con una tristeza parca, tirita y no habla. Acaso resopla un aire frío que huele a hierbas y pescado podrido. Miran la misma dirección, el horizonte o la cúpula estrellada, un bulto de rocas o un árbol entre la penumbra. El vaho de su respiración es todavía. Oye los ruidos de la naturaleza en la noche. Se esconde. Duerme entre las tinieblas del corazón. Arrebujado en el viento corre su suerte. Camina sin rumbo y ha perdido orientación. De pronto, en el resplandor que reverbera, entre alucinado, mira una ciudad amurallada, como nunca antes había visto. Se tira a la sombra de un árbol a contemplar eso que no comprende. A lo lejos, como una pequeña hoguera que se levanta, en la cima de esa ciudad arremolinada, yace un castillo con sus puntas salientes. Por días acecha esa construcción, perdiéndole miedo.Hasta que un día duerme a orillas del muro principal que protege la ciudad. La rodea hasta encontrar el portón, sin adentrarse queda acuclillado ahí, con la cabeza entre las piernas, sentado. Las personas que no hablan su lengua pasan de largo, le sueltan regalos con los que se alimenta. Pasa días ahí, sentado, oyendo los murmullos de la gente que atraviesa el muro, en su lenguaje ininteligible.
CONTINÚA…
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