REGRESAR
SIGUIENTE
Es bien sabido que los perros han auxiliado a los hombres. El otro día, al caer la noche, cuando todos callan dormidos, quizá sueñan. Leí un cuento en que unos hombres cazaban a otro hombre, como si fuera un animal, una presa. Los perros los ayudan, olisquean las prendas para seguir el rastro. Sin la menor oportunidad, de un tiro lo derriban de una montaña que él escala al intentar huir. Su cuerpo cae, despedazándose por entre las rocas, en el despeñadero. Los perros ladran. Tú que estás allá arriba. ¿No oyes ladrar los perros? Se acercan, le arrancan partes entre gruñidos y afrentas. Los perros. Se atacan entre ellos, sueltan chillidos horrorosos, se pelean, jaloneando el rastrojo que queda. Que mas parece un jirón de carne. Alguno obtiene un brazo, otro un pie y se aleja. Otro más le mastica el sexo. Obtienen su recompensa, son felices esa tarde, los perros.
una maraña salvaje, de sexos y genitales. una orgía de sonidos. una sala vacía de objetos, atestada de gemidos. los lugares en los que, cual metáforas, aquello colma de impaciencia y trepidante deseo, que alcanza a asfixiar. entre sueños la humedad del coito, la caverna ancestral que penetramos para guardarnos del frío. esa hoguera que prendimos en la sangre, en el corazón que galopa, en la cresta de la ola que se agita ensordecedora. somos orígenes de lugares en los que nunca estuvimos como ese polvo iridiscente que no se apaga. sueños fugaces, resplandecientes, soles que se hunden en el horizonte del agua inmensa, líquida, y mujer. ¿quién no se ha ahogado en el abrazo de un aroma que explota en los nervios como navíos que no volverán? es imposible no haber amado lo que se amo, de un momento de una piel o de un trino matinal en la desnudez.
¿Quién no cree, que en un momento dado, no es él o ella, quien escribe lo que escribe? Sino que se ha dejado guiar por la inercia o la pericia, o es encantado por las musas de carne que nos han matado, y a las que, tan sólo seguimos cual sirenas que nos donan un trance fantasma que nos vuelve a enterrar en sueños. Para hacerlo venir a otras bocas de las que bullirá sea como sea, cueste lo que cueste. Labios trémulos. Esto que lo sobrepasa. ¿quién se cree dueño de sus palabras? ¿acaso aún existe ese iluso que se tambalea cual payaso de obra circense seguro y guarecido por sus propias palabras? Lo común es que el lenguaje use a sus marionetas, que se creen libres, independientes y soberanas.
excesivas veces, el nombre del autor no me interesa, ha muerto. lo que me interesa, es lo que habla a través de ese supuesto autor.
Quizá el falo, sólo sea el cuerno de un animal antiguo, invisible ahora. Al cuerno, al alzarse, le falta toda la bestia que lo sostiene. O quizá no. Quizá cuando gruñe, ese otro animal que vemos, puede avistarse, entre imaginaciones esporádicas, esa quimera fantástica que ha desaparecido. Ese animal fantástico digno de un cuerno así. En un teatro de sombras, ese animal indómito aún se agita en espasmos de terror y erotismo. Aún provoca espanto con sus estocadas, hiende la herida primordial por la que salimos todos.
la violencia cuando se atiende al llamado del deseo.
El vicio es obedecerse, no rebelarse contra uno “mismo”. Arrastrarse al mandato imbécil del yo. Por eso hay tanto tarado y bravucón por las calles seguro de sí. Es la insoportable levedad del ser.
Se dice que las víctimas son inocentes, se repite hasta el hartazgo que no hacen nada. El cordero es el único animal que al ser sacrificado, no se defiende, no huye, no profiere sonido, ni se inmuta. ¿Acaso las víctimas no se colocan en ese estado de víctimas, se ponen en el lugar indicado, en el blanco de sus verdugos, atraídos por un canto que los llama? ¿No ven o sienten la amenaza cuando se presenta? ¿Una víctima será inocente o ingenua, estará hechizada por su propia muerte? Ahora se habla de no culpar a las víctimas. ¿Y qué hay de que sean responsables sobre su destino? Lo que escucho no es más que un largo quejido-exigencia a las autoridades. Creen en el dios padre, en que alguien las auxilie. Un padre, un gobierno. Escucho imprecaciones o imploraciones. No será eso mismo una operación para mantener al débil siendo débil, impotente, incapaz e inepto para salvarse a sí mismo. ¿Un método de esclavitud más? Además de que las autoridades no harán ni hacen nada en lo absoluto. Nunca lo han hecho. Sólo en las películas para bobos hay héroes. Un héroe no crea sino dependientes. Hoy más que nunca la ausencia del héroe, sería borrado de un plumazo, con una simple orden, sería aplastado como un insecto. Existe esa capacidad. ¿Entonces, las víctimas no hacen nada? ¿Nada de nada? ¿Son corderos del señor padre? ¿No necesitan la palabra del padre? ¿Dónde está el papá de los hijos?
A veces, se hace arte o literatura como una forma de venganza. Se pinta o se garabatea una hoja, para no salir a cometer un acto insulso, desesperado. Para no ir de inmediato, como un vehemente idiota, a conquistar Polonia, a cavar fosas, para otros. Para no hacerle el trabajo sucio a otros y favorecer una farsa.
En el lado opuesto del río yace una linterna que está ahí, permanece ahí, es una centinela breve. Su pequeña luz perdura, y palpita. Es una caída libre frente al viento, al precipicio de las delicias y su universo. La vida ligera cree que durará, inconsciente, y volátil en el placer de las noches. Las risas gobiernan las noches fugitivas de sueños. Hay un placer extraño en narrar. Es abrir una vulva carmín, roja, cual flor que se abre y uno percibe la primavera en su rocío. La fragancia. No hay literatura flamígera, que se deje escapar al juego de la guerra o el amor. Una pasión que hiere. Es un filo que entra en la selva, mientras el desparpajo de la naturaleza avezada huye lo antes posible. Es una lengua que lame el clítoris, como un abeja danza en el pistilo de la tarde. La pluma, o la letra, rasga la hoja, surca la luminosa blancura de la nada. Un ritmo yace ahí. Se olvidará. Ondulantes vestidos que se caen, se olvidará el ojo abierto que mira, azorado, estupefacto. La carne, ese recuerdo lúcido de la carne, del gesto cuando se eclipsa eterna, en los orgasmos chasquidos, retorcidas ramas. En el intercambio de baba. Esa figura, esa figura, no la tiene nadie, no vuelve.
Es hermoso que vamos a morir. Y no existir será eterno. Añoro el silencio. Toda esta violencia catártica de existir, con todas las manifestaciones absurdas de cada cual para con su angustia, me tiene agrio, amargo. Toda esta payasada macabra, espectáculo de la perversidad disimulada. Tan siquiera fuera declarada. Todo este escándalo por nada. Toda la vulgaridad de las palabras simultáneas. El silencio violado por su constante estupidez. Machacante estupidez. Lo bueno que tiene la muerte, es que es una anarquía de sentido. No habrá ni el mínimo sentido ahí, en la oscuridad del tiempo. En el refugio que nos aguarda la nada.
no tengo estilo. escribo como si fuera cayendo por una larga escalera en cámara lenta. cada milésima de segundo hace ver mi risa patética y mordaz.
REGRESAR
SIGUIENTE