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- Me encantaría tener voz pública, ser tomada en cuenta, tener derechos, que mi profesión fuese respetada y legítima, normal, vista sin asco. Inclusive pagar impuestos. jajajajaja… si tuviese que pagarlos. Sabes que soy una profesional para mamarla, pero sólo soy una puta, tu puta. Al respecto no puedo ni hablar con las feministoides, las absolutistas abolicionistas, sacan sus estribillos comprados en el mercado liberal y me clausuran el negocio. Para algunas, sólo es una carátula identitaria que les sirve para convertirse en funcionarias y cobrar en algún lado. Es uno de los riesgos de adoptar causas a la ligera. Y no se dan cuenta que con sus prohibiciones son ellas las que propician la trata, la injusticia y el oprobio. La inseguridad y el esclavismo van de la mano con que se tenga que volver un crimen. Hablan en teoría desde su culo en una vitrina empolvándose. En la práctica el hampa aprovecha todo lo que los gobiernos convierten en ilegal, es un aparato de dominación no sólo ideológico, es efectivo y material. Sus réditos suben al cielo por volverlo de diversos peligros. Son hijas de papá abogangster vende mulas, estudiaron en los mejores colegios conservadores con monjas frígidas que les transmitieron sus más lúcidos traumas y represiones. No es de extrañar que hablen de dientes para afuera, con total desconocimiento de causas. A nadie se le ocurriría que viniendo de una clase media se me antojaría venderlo a placer. Tendría que sentarme a repetir mojigaterías y toda esa sarta monótona aprendida en las escuelas culmen del recato y las buenas costumbres, de los pitos chicos de papá. Su disque pudor les impide ver que yo quiero la fortuna de un gran chorro de verga caliente. Y que no pueden gobernar sobre el deseo de los otros, al menos no así. Son sociedades más puritanas que las que inventaron dichos puritanismos, digamos, menos hipócritas, más impositivas. Lo curioso es que las abolicionistas extremas dan toda la vuelta al círculo y están a nada de la derecha más recalcitrante. Por diferentes motivos llegan a la misma conclusión y coadyuvan a esos intereses. ¿No te suenan un tanto estúpidas? -
“Yo” me estoy riendo del modernismo, “yo” me estoy riendo del posmodernismo. “Yo” estoy disfrutando reírme de todos los tiempos. Todos los tiempos me han abandonado, de tanto que me río de ellos.
Nunca he entendido la filosofía idealista de la ejemplaridad. Gente que se muerde la lengua un centenar de veces al día, se la viven apuntando el ojo ajeno con un leño en el propio. Dando esmeradas lecciones de conducta, exponiendo sus máximas morales a las que faltan cada dos por tres, cometiendo errores porque la vida está plagada de equivocaciones ejemplares. Realmente uno carece de demasiadas virtudes, para ser franco… hasta se es un milagro de atrofias sobreviviendo a sus propias negligencias. Lo sorprendente, lo asombroso, para ser totalmente honestos, es no haber sucumbido a la idiotez continua a la que estamos sometidos, creyendo en dioses, profesando dioses, creyéndonos dioses, en esa tiranía, no siendo más que un maldito afortunado gusano implorando a los cielos la bondad de la vida, al menos que no nos cometa grandes perjuicios. La verdadera lucha es contra uno mismo, continua, feroz, tenaz, para no perecer en la propia precariedad, a nuestra discapacidad rotunda, a la angustiosa custodia constante de nuestra tozudez, nuestras pretendidas estériles glorias. Lo increíble es que la especie aún perdure, dada su testaruda manera en que decide su destino. Su necedad es insufrible. Creyó en dios sabiéndose indefenso, débil, vulnerable, pusilánime, un vil gusano. En sus entrañas lleva al gusano, semeja, colinda con el gusano como con nadie más. Retorciéndose en múltiples escozores ha logrado evolucionar a este inmundo mar de apariencias, de ilusiones, de trivialidades. La titularidad ejemplar se la deberíamos entregar al gusano, que no ha salido de ese estado larvario, inofensivo, una verdadera proeza de la naturaleza, ni por asomo avanzar, ni por desliz desear salir del ceno a este mundo impío.
En la iglesia, ¡dios!, me tocó tras una señorita con vestido traslucido en tanga. ¡Dios! Qué pruebas me haces pasar, no pude quitar mis ojos de esas nalgas, no soy digno de ti, señor. No pude sacar mi mirada lasciva de ese culo esplendoroso elevado en el cielo de los coros. Alabado sea dios que tiene más culos que estrellas.
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