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A los 40, al despertar por la mañana, el sol entra en las pupilas y el cuerpo vuelve desde allá, desde ninguna parte. Está quebrado, roto, es un cúmulo de fragmentos que alcanzaron a regresar. Uno es un cadáver prematuro, un promontorio póstumo.
La idea de dios me produce sarna. A veces creo que la idea de dios fue necesaria como reflejo de todas las impotencias del hombre. Una especie de compensación a su nata ineptitud. Cumple lo imposible, creación de ese fastuoso e inalcanzable poder. Porque no se iba a limitar, en esa codicia ridícula de alcanzar el cielo, su nariz le estorba. Prótesis infame de los débiles. Viagra de los inválidos, justificación de los sin argumento. Tapadera de los perversos.
Es una coincidencia existir. La probabilidad de ser es remota a contraposición del no ser, esa amplitud dada en la eternidad de la nada. Porque, ¿qué tiempo tan vasto, tan enorme es la muerte que nos espera, para tanto aspaviento trivial durante la vida? ¿por qué nos quieren hacer pagar este fárrago de realidad, aferrarse a este bodrio colectivo? De por sí es improbable siquiera estar, esa posibilidad inmediata es casi nula, ¿a qué tanto agobio con nimias deudas? Deber deber deber, se repiten los cobardes entre los pasillos de la incomprensión, la falta de entendimiento y tiempo. Sentir que es un soplo la vida... Ojalá un día los hombres se dejen de perseguir los unos a los otros. Asesinos. Estúpidos suicidas.
Entiendo que vivamos en una pocilga, pero hasta dentro de los cerdos hay clases. El aspecto de cómo come es tan feo, que temo que si se lo digo, me cocine y coma agonizante entre meandros. Masca sus alimentos con una desesperación tal, jadea y eructa, se pedorrea frente al plato. Es el momento cuando tomo real y verdadera consciencia de la humanidad, de su cualidad. No es algo sólo exterior, de apariencia, es esencial esa actitud, forma de devorar sin mañana. El corazón más parecido al del ser humano es el de los cerdos, un revelador dato que dice más que cualquier descubrimiento científico del último siglo. El gen es nada en comparación a sentir el pulso de este animal invariante, ávido, voraz, desesperado.
me molesta la prisa, el apuro, la presión que ejercen unos a otros perseguidos por el deber. por el asunto capital económico de algo que se pierde. estorben, tárdense, a mí no me importa, hagan que a los otros no les importe. me voy a tardar, tomaré mi tiempo y si es posible el de los de mi derredor. energúmenos cáguense en los pantalones, no iré más aprisa para su explotación voluntaria.
Este hombre moderno, con la violencia de sus vías turbias, veloces, sin percatarse del día, del sol. Lejos de la naturaleza, habitando su naturaleza turbia. Desacralizado, sin detenerse a contemplar la fealdad que ha creado. Ánima embrutecida a fuerza de razones. En absoluto absorto ante su mayor prodigio: su privacidad. En el torrente turbio de lo que hace, de lo que vive, le queda ese lugar bajo la roca, escondido de todos los otros seres, en su madriguera inmunda y pobre, acechando a los otros desde su pantalla. Sumido en la violencia de la vida gris, triste, tan sólo un mal chiste.
No poder no.
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