REGRESAR
SIGUIENTE
Miro por la ventana. Afuera es azulado, aún amanece salpicado por las farolas amarillentas. He dejado el libro abierto sobre la cama. Por la mañana escribí un poema con el que encendí la estufa. Ahí estaba el papelillo chamuscado, como palomilla muerta por la llama de una vela, tiritaba. Soltó un hilillo de humo al expirar. Anoche le tomé la verga entre las manos, esa pupa enorme. Me la metía a la boca jugando con morderla, él no lo soportaba. Se alarma, pela los ojos, me da una risa interna su temor. Un soldado con miedo. ¿Acaso hay de otros? Viene de vez en cuando, cuando se acaba su milicia, ha cobrado y paga lo que le pido. Nunca regatea. Suelta el dinero sobre la mesa como un trozo de carne sangrienta. Ayer tomó el libro que leía. Le da curiosidad que una puta lea. ¿Para qué lees? Me pregunta con su cara de niño. Para nada, para nada, no te importa. Se lo arrebato y lo guardo en el cajón del buró. Al rato, después de que me ha montado en la furia de su jinete sin rumbo, que me ha metido ese animal entre las entrañas para desgarrarme… tiene una mano que le cuelga de la cama, cuando al fin ha caído abatido en un alarido seco. Pobre, los hombres mueren tanto, pienso, ilusos. Preparó té. Él mete la mano en el buró. Trata de leer eso, se ruboriza, lo vuelve a guardar. Sus brazos son tan fuertes, le ofrezco mi culo, me agarra con esa fuerza, me aproxima, me mete una mano al frente y arremete. Por un momento pienso que me podría matar en un instante con esa maldita fuerza si quisiera. Aplastarme como a un bicho. Aún así, no es cierto, me mete el tallo por la raja como una bestia. Yo soy un río que brama, que se desborda. En cuatro, creo que soy un caballo salvaje, estoy en un bosque, quiero gruñir gemir gritar de placer mezclado con dolor por lo insoportable que es el placer. Me agito en el viento turbio. Exhalo y vuelvo a vivir. En la mañana encontré una moneda extranjera. La habrá dejado caer sin querer. Tiene una dama metálica que danza por un lado y una estatua pétrea de un venado por el otro. Me pongo frente al espejo, tapo un pezón con ella. La tiro al aire para verla volar, girar, al caer sobre la madera a rodado dando circulitos hasta quedar en el venado. La meto atrás de un cuadro viejo que representa una mesa con objetos, una taza, una pluma, una libreta, unos libros, anteojos. Suspiro y no sé cuando lo volveré a ver. Nunca devolveré la moneda, ni nunca la sacaré de atrás del cuadro. Es posible que lo olvide, haré los posible para hacerlo.
REGRESAR
SIGUIENTE